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miércoles, 22 de julio de 2020

Cuenta al Poder Ejecutivo de Nueva Granada de la victoria en la Batalla de Los Horcones


 

 Excmo. señor:

 Tengo la satisfacción de participar a V. E. la victoria que el valeroso y hábil Coronel Ribas, Comandante de nuestra retaguardia, ha obtenido contra los tiranos en Barquisimeto.

 En cumplimiento de las órdenes que le tenía libradas, tomó posesión el día 18 de la ciudad del Tocuyo; el 20 se puso en marcha hacia Barquisimeto; y el 22 tuvo la fortuna de encontrarse con el enemigo, que lo aguardaba en número de más de mil hombres en el sitio de los Horcones, donde se trabó una sangrienta batalla, que la intrepidez del Coronel Ribas hizo decidir en nuestro favor, arrojándose hasta por segunda vez sobre el enemigo a la cabeza de sus tropas.

 Esta ha sido la acción más sangrienta que hemos tenido; pues me asegura el Comandante de la retaguardia haber muerto de ambas partes más de 100 hombres, aunque los más son del enemigo. He aquí el cuarto ejército que hemos destruido en Venezuela, cuya suma total es de seis mil hombres.

 Luego que reciba el parte detallado de este suceso, lo dirigiré a V. E.                                       

 Por ahora incluyo el adjunto Boletín en que se dan los únicos detalles que he tenido.

 Yo he llegado ayer a esta Villa, y he hecho marchar hoy hacia San Carlos la División del Centro, que manda el Mayor General, Teniente Coronel Rafael Urdaneta, para aprovecharme del desamparo en que la ha dejado Monteverde, que todos me dicen ha retirado las cortas fuerzas que tenía allí, para Valencia o Aragua, a consecuencia de los temores que le ha infundido el Ejército de Oriente con su marcha sobre Caracas.

 En caso de haber algunas tropas en aquella ciudad, nuestro Centro es bastante para tomarla por la fuerza, sin peligro alguno.

 El Comandante Girardot llegará mañana a este Cuartel General con parte de la vanguardia, que viene directamente de Nutrias a marchas redobladas. Esta División, como la de retaguardia, se in­corporarán en San Carlos con la del Centro, para marchar el ejército todo a Caracas, y tomar de paso a Valencia, los Valles de Aragua y La Victoria.

 El Capitán Cogorza, que quedó con 100 hombres de guarnición en Nutrias, me participa que los patriotas de Apurito, pueblo situado a las orillas del Apure, han tomado a Yáñez varias em­barcaciones cargadas con 30.000 cartuchos, dos piezas de artillería, algunos fusiles y otras armas y pertrechos; y que las tropas de Oriente han derrotado por quinta vez a las de Monteverde, y han llegado hasta la Villa de Calabozo; así yo temo que nuestros ilustres compañeros de armas, los de Cumaná y Barcelona, liberten nuestra capital antes que nosotros lleguemos a dividir con ellos esta gloria; pero nosotros volaremos, y espero que ningún libertador pise las ruinas de Caracas primero que yo.

 Dios guarde a V. E. muchos años. Cuartel General de Araure, julio 25 de 1813. 3° y 1°

E. S.

SIMÓN BOLÍVAR.

Al Excmo. señor Presidente, Encargado del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión.



Procedencia: Fondo Archivo General de la Nación, sub-fondo Archivo del Libertador, sección “Memorias del General O´Leary”, tomo 21, folio 213 frente y vuelto.

sábado, 21 de marzo de 2020

Archivo del Libertador: incrementos del Fondo Documental.


  Desde la entrega de la colección de documentos reunidos por el Gral. Daniel Florencio O´Leary al Gobierno venezolano a finales del siglo XIX (la cual incluía la fracción del archivo de Simón Bolívar que le correspondió más los que él mismo reunió, a cuyo conjunto hemos denominado en toda esta reseña “sección de O´Leary”[1]) no ha cesado el incremento del fondo documental que hoy conocemos como Archivo del Libertador[2] hasta la primera década del siglo XXI. Tan variada ha sido la tipología de los documentos ingresados desde ese periodo (correspondencia, despachos, decretos; originales, copias de la época, copias manuscritas posteriores, mecanografiados; impresos sueltos, folletos, etc.) como las fuentes de donde provinieron y los temas que tratan tales documentos. Los aumentos más cuantiosos se realizaron durante el período en que Vicente Lecuna se halló al frente de Archivo y de la Casa Natal del Libertador, esto es desde 1912 hasta 1954.
  Partiendo del punto anterior, los grandes lotes documentales ingresaron entre 1913 y 1942 de la siguiente forma:
Ø  Los documentos que Lecuna atribuyó a la fracción del archivo de Bolívar que le correspondió a Briceño Méndez y que fueron localizados y extraídos del archivo Blanco y Azpurúa[3];
Ø  Los documentos extraídos del Archivo Nacional, que para efectos de organización y manejo se le llamó “Sección Archivo Nacional y otras fuentes” (véase su entrada aquí);
Ø  Mediante compra del Gobierno venezolano en 1926, el heterogéneo archivo de Juan Bautista Pérez y Soto, al cual se le denominó “Sección Juan Bautista Pérez y Soto” (véase su entrada aquí).
Ø  En 1928 se incorporan los papeles comprados al señor José María Quiñones de León, nieto de Juan de Juan de Francisco Martín albacea de Simón Bolívar, llamados desde entonces “Sección Juan de Francisco Martín” (véase su entrada aquí).
Ø  El archivo del Gran Mariscal de Ayacucho, el cual ingresó en dos partes (véase su entrada aquí).
Ø  El archivo de José Rafael Revenga, incorporado en 1952.
  Si bien todos estos conforman los grandes lotes documentales con que se engrosó cuantitativamente el Archivo del Libertador, las pequeñas incorporaciones fueron también de suma importancia cualitativa, de modo que le dedicará un espacio importante a detallar las donaciones que muchos particulares realizaron en varias épocas, y que es necesario nombrar para detallar la historia archivística de este fondo, sin dejar de lado que sea también una forma de agradecimiento a quienes tuvieron la visión de conservar estos papeles como vestigios del pasado y fuente de estudio en el futuro.

Las donaciones de Lecuna.
  Vicente Lecuna fue una fuente abundante de ingresos para el Archivo, pues en su indagar histórico localizó, adquirió y donó muchísimos papeles, además de que fue intermediario para que otros también donaran. Muchas son las notas colocadas en los documentos de Archivo para indicar que tal o cual fue donado por Lecuna, bien por haberlo adquirido él o porque alguien más se lo cedió. En cuanto a este último procedimiento, esas mismas notas reflejan los nombres, por ejemplo, de Ramón Hernáiz, quien obsequió a Lecuna varias cartas dirigidas por Bolívar y otros al general Carlos Soublette.
  Mención especial haremos a dos casos que, junto a sus curiosidades, demuestran la diversidad de circunstancias con que Lecuna fue aumentando el Archivo del Libertador:
     I.        Bien conoció es en la historia venezolana la propiedad que tenía Simón Bolívar sobre las minas de cobre ubicadas en Aroa (en el actual estado Yaracuy) y las dificultades por las que tuvieron que pasar él y sus descendientes para conservarlas. Uno de los que litigó con Bolívar la propiedad de las minas fue el señor Felipe Lazo, quien contó a su hija Mercedes Lazo de González algunos detalles de ese litigio en una carta fechada el 17 de noviembre de 1875 desde Petare. La citada señora regaló a Vicente Lecuna la carta en cuestión, pero más adelante le exigió su devolución, por lo que Lecuna debió hacer una copia mecanografiada de la carta, extraer la original del tomo donde se hallaba e insertar la copia[4].
  II.        El Doctor Alejandro Prospero Reverend ostentó con orgullo la condición de haber sido el último médico del Libertador. Esa especial condición le valió el respeto y admiración del pueblo venezolano en muchas ocasiones, en especial cuando fue invitado al país por el entonces presidente de la República, Gral. Antonio Guzmán Blanco, en 1874. Como retribución a ese afecto, el Dr. Reverend le obsequió a Venezuela el nódulo calcáreo encontrado por él en el pulmón izquierdo, durante la autopsia al cuerpo del Libertador. También por esa fecha le regaló a un particular los Boletines originales sobre la enfermedad y muerte de Bolívar, que posteriormente fueron donados, por mediación de Lecuna, a la Casa Natal del héroe por don Pedro Paul en 1921 e inmediatamente integrados al Archivo[5]
Otras donaciones del Gobierno Nacional.
  Aunado a los grandes lotes documentales que el Gobierno venezolano adquiría y destinaba al Archivo, fueron también muchas las donaciones de pequeños paquetes o sencillos documentos que en varias épocas ingresaron provenientes de las altas autoridades del país. Con variadas modalidades pudieron los distintos gobiernos de turno convertirse en agentes de adquisición de documentos para incrementar el Archivo; pero ahora solo destacaremos dos de aquellas modalidades que más incorporaciones dieron, no solo al Archivo del Libertador, sino también al resto de los archivos históricos nacionales:
a)    En forma directa: muy recurrente durante más de la mitad del siglo XX fue que los Embajadores, o Ministros de Venezuela como entonces se les conocía, dieran cuenta de la localización en el extranjero de diferente documentación relacionada directa o indirectamente con Bolívar y/o el proceso de independencia hispanoamericana, mediaran en su compra, donación o copia para Venezuela y posteriormente los remitieran al Presidente de la República o al Ministro de Relaciones Exteriores, quienes en un acto formal o mediante comunicado escrito, los entregaran al Archivo. Bajo esta modalidad fueron adquiridos, entre otros, los cuadernos originales de Pedro Briceño Méndez con sus Apuntes sobre la vida del General Bolívar que, hasta 1933, eran conocidos solo por las referencias de O´Leary en sus Memorias[6].
b)    En forma indirecta: cuando el Gobierno adquiría un archivo particular de algún personaje histórico con destino a los archivos nacionales, permitía que se extrajeran los documentos relacionados con la vida de Bolívar o el periodo de la independencia para engrosar el Archivo del Libertador. De esta forma se procedió en 1913 cuando se secaron varios documentos del archivo Blanco y Azpurúa, sobre todo los dirigidos al coronel presbítero José Félix Blanco; y en 1933 cuando se compró el archivo de Francisco Javier Yánez con destino a la Academia Nacional de la Historia, y se separaron de él gran cantidad de papeles, destacando entre otros las cartas de Bolívar para el almirante Luis Brión[7]

Donaciones de otros venezolanos.
  Durante la primera mitad del siglo XX fue muy copiosa la donación de documentos que realizaron muchos venezolanos o residentes extranjeros en el país, fundamentalmente por dos causas: primeramente el hecho que, estando más cerca de los personajes y protagonistas de los sucesos relacionados con Bolívar y la gesta de independencia, tales papeles existían todavía para ese periodo y era habitual en muchas familias conservarlos, bien como iconos de prestigio social o como recordatorios de sus propios antepasados. La misma acción de donarlos incrementaba ese prestigio al colocar a esos venezolanos y extranjeros como mecenas de las instituciones culturales y contribuía a perpetuar más sus nombres y los de sus antepasados. La otra razón, no siempre desvinculada de la primera, era la presencia de muchos intelectuales dedicados o aficionados a la historia, algunos de los cuales ocupaban importantes cargos gubernamentales y políticos, que utilizaban su prestigio e influencia para interceder con los poseedores de aquellos antiguos documentos y asegurar la existencia de tales para la realización de sus propios estudios y preservación permanente.
  Importantísimas y abundantes fueron las donaciones realizadas por los propios familiares del Libertador que sobrevivían durante la primera mitad del siglo XX, por ejemplo: el manuscrito en dos folios referentes al levantamiento del secuestro de los bienes de Simón Bolívar entregado, junto con otras 37 hojas sueltas de impresos, por el señor Juan Vicente Camacho[8] el 5 de agosto de 1935[9]. De igual interés fueron las donaciones de las cartas de Bolívar dirigidas a sus familiares, tanto en América como en Europa, que fueron entregadas por Benigna y Mariana Camacho[10], Fernando Simón Bolívar Gauttier[11], y otros.
  Así mismo fueron recibiéndose durante mucho tiempo donaciones de venezolanos y extranjeros que acrecentaban el inventario del Archivo del Libertador, de las que se deben nombrar las de Dr. Demetrio Losada Díaz, que obtuvo documentos en Berlín dirigidos por Bolívar al Conde de Adlercreutz; monseñor Nicolás Eugenio Navarro, Dr. Carlos Arbeláez Urdaneta; Dr. Alberto Smith, quien a su regreso del Perú entregó a Vicente Lecuna un grupo de cartas de Bolívar al mariscal Santa Cruz. También es digno de mencionarse que el Dr. Héctor García Chuecos obsequió a Lecuna, con destino al Archivo, dos cartas de Bolívar al señor Esteban Herrera; e igual acto realizó el señor Tomas C. Mosquera Wallis, de Colombia, quien teniendo en su poder algunas cartas de Bolívar para sus antepasados, la había dado en copias certificadas y fotografías a Lecuna.
  No podemos finalizar este apartado sin mencionar los nombres de otros tantos que englobaran el listado de quienes contribuyeron, en lo menudo o en lo cuantioso, a reunir la valiosísima colección documental que hoy conocemos como Archivo del Libertador: Pedro Manuel Arcaya, Rodolfo Luzardo, Ángel Francisco Brice; Federico Roig Febles, Luis Enriques; Luis Augusto Cuervo, Cristian Witzke; S. de Jongh Ricardo y un largo etc.


De la Donación Villanueva.
  Del Dr. Laureano Villanueva y su hijo Carlos A. Villanueva se puede decir que fueron de esas personas a quienes la pasión por Clío se trasmitió y heredó de una generación a otra. Ambos contribuyeron en muchos aspectos a sostener, con los métodos existentes en sus respectivas épocas, la memoria colectiva del pueblo venezolano. Laureano Villanueva (1840-1912) fue médico y político, ejerció importantes cargos en la administración pública nacional hasta llegar a ocupar la Presidencia de la República de manera temporal en 1878; pero su aporte más valioso a la venezolanidad lo dio con su pluma de brillante escritor, al dejar para la posteridad sus obras emblemáticas “Biografía del Dr. José Vargas” (1883), “Vida de Don Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho” (1895), y “Biografía del Valiente Ciudadano Ezequiel Zamora” (1898). Por su parte, su hijo Carlos Antonio Villanueva (1865-1925) legó no solo a Venezuela sino a la América entera valiosos estudios e investigación histórica, tales como “Resumen de la Historia de América” (1900), “Napoleón y la Independencia de América” (1911), “Bolívar y el Gral. San Martin” (1912), “Fernando 7° y los nuevos Estados” (1912), “Historia de la República Argentina” (1914), “Historia Diplomática de la Primera República de Venezuela” (obra póstuma, 1967), entre otros. Ambos fueron miembros de la Academia Nacional de la Historia, el primero como fundador y en varias ocasiones director; el segundo como miembro correspondiente debido a sus muchos años de permanencia en el extranjero ocupando cargos diplomáticos.
  Para el estudio y realización de esos y otros voluminosos trabajos, fueron muchos los documentos que ambos historiadores acopiaron y conservaron durante su vida, pero luego de la muerte de don Carlos parece que la pasión por Clío se apagó en la familia Villanueva, pues ya no hubo otro que continuara la investigación histórica. Sin embargo, la conciencia sobre la importancia de aquellos documentos, el respeto a la memoria de sus ascendientes, la necesidad de liberar espacios en sus residencias y/o el estímulo de otros, fueron sopesados por los descendientes de aquellos historiadores para que no permitieran que el desconocimiento, el olvido y el tiempo destruyeran aquellos papeles; por lo que, acompañando con la publicación de un catálogo, decidieron donar todo aquel conjunto documental a la Academia Nacional de la Historia en estos términos:
“En vista del valor histórico que revisten estos papeles, (…), hemos decidido donarlos a esa honorable Academia Nacional de la Historia, para que se conserven debidamente en sus archivos y puedan así ser consultados por los historiadores nacionales, de acuerdo con las normas de esa Institución.
Queremos dejar constancia de que la Academia Nacional de la Historia queda en libertad para resolver sobre el destino de algunos de estos documentos que por su índole misma pudieran se indispensables para completar colecciones existentes en otros sitios, a las cuales podría ceder el documento o los documentos originales o las copias respectivas”[12]
  La entrega se realizó el 13 de mayo de 1965 por parte de Matilde Villanueva (hija del Dr. Laureano) y Carlos Raúl Villanueva (hijo de don Carlos) en nombre de toda la familia[13]. Dentro del aquel acopio hallábase una importante cantidad de papeles relacionados directamente con Simón Bolívar, cuya temática era tan variada como la procedencia misma, pues algunos habían sido reunidos por el Dr. Laureano y otros por su hijo. Nos detendremos ahora a detallar primeramente la colección reunida por don Carlos, ya que esta ofrece más datos para estudiar el proceso de conformación del conjunto documental Archivo del Libertador, junto a una carga anecdótica poco conocida.
  Ya hemos visto la participación que tuvo el historiador y diplomático Carlos A. Villanueva en la adquisición para Venezuela de los papeles de la sección Juan de Francisco Martí de manos del señor José María Quiñones de León. Recordemos que el 14 de mayo de 1921 Villanueva actuó como Secretario de la Comisión designada por el propio Quiñones de León para abrir los cajones que permanecieron más de 80 años cerrados y cuyo contenido era ignorado por todos. Como expresión de agradecimiento y amistad, el señor Quiñones de León obsequio Villanueva un legajo de poco más de 100 documentos de los hallados en aquellos baúles, y que una vez fallecido éste, quedaron en posesión de sus deudos y vinieron a ser donados a la Academia de Historia en 1965. Se trataba de comunicaciones oficiales, correspondencia particular o familiar; algunas autógrafas de Bolívar o sus Secretarios, pero la mayoría era documentación epistolar dirigida al Libertador por variedad de remitentes como Jacinto Lara, Antonio Leleux, Diego Ibarra, Josefa María Tinoco, Juan de Escalona, Benito Chaseriau, Belén Aristigueta, etc.[14].
  Con respecto a la parte reunida por el Dr. Laureano Villanueva, también se encontraban papeles relacionados con Bolívar en distintas épocas de su trajinar histórico. Se puede mencionar el expediente de la Real Audiencia de Caracas sobre domicilio tutelar del menor Simón Bolívar, y dos cartas firmadas por El Libertador e inéditas hasta ese momento, fechadas en 1808 y 1821. Las fuentes de donde el Dr. Villanueva obtuvo esos y otros documentos solo él la conocía y por tanto no pudo ser esclarecida por sus descendientes[15]. Poco tiempo después la Academia Nacional de la Historia tomó una feliz decisión para el aumento del Archivo del Libertador, y que representó una de las más voluminosas adquisiciones durante la segunda mitad del siglo XX:
“Después de un estudio y examen bien meditado, la Academia acordó separar del archivo histórico recientemente recibido de los herederos de los académicos fallecidos doctor Laureano Villanueva y su hijo don Carlos A. Villanueva, aquellos documentos que por su procedencia o destino y por otras cualidades similares deben conservarse en los repositorios del Libertador que se conservan en la Casa Natal de éste, en Caracas, y que en la actualidad son objeto de un análisis especial para su incorporación a las Obras Completas del Héroe que prepara la Sociedad Bolivariana de Venezuela. Con tal objeto fue nombrada una comisión de académicos integrada por los colegas Dres. Mario Briceño Perozo, Blas Bruni Celli y Joaquín Gabaldón Márquez quienes, cumplido su cometido, rindieron informe a la Corporación en su junta ordinaria del 10 de marzo del año en curso.”[16]
Con esta entrega por fin se encontraba a disposición de los estudios históricos la totalidad de los papeles que personalmente Bolívar había reunido durante toda su vida y que es la base de lo que hoy llamamos Archivo del Libertador[17].
  Un segundo grupo de documentos fueron entregados a la Academia de Historia como parte de la Donación Villanueva, pero esta vez en 1968. Se trataba de un remanente de los papeles reunidos por Laureano Villanueva que no habían sido clasificados en 1965, y entre los cuales también se encontraban documentos bolivarianos de distintas épocas. Tan solo eran 6 expedientes, pero tenían la particularidad de que 5 se encontraban inéditos para el momento, cuyas fechas extremas iban de 1797 a 1821[18]. Algunos originales, otros eran copias de la época y todavía alguno era un borrador, todos con distinta temática e interés. Al igual que el lote anterior, se separaron éstos del resto del conjunto y se remitieron al Archivo del Libertador, ubicado para la fecha en la Casa Natal.

El manuscrito Hamilton (Discurso de Angostura)
  El Discurso de Angostura, considerado por muchos como una exquisita pieza de oratoria, fue leído por El Libertador ante los 26 Diputados que asistieron a la sesión del Congreso el 15 de febrero de 1819; cinco días después se publica en el N° 19 del Correo del Orinoco siendo esta la primera vez que se hace del conocimiento general, pero con la salvedad que solo se imprime el comienzo y el final; luego en los números 20 al 22 se publique en extenso la totalidad del Discurso. El especial interés de Bolívar en que se conocieran los puntos neurálgicos de sus propuestas políticas lo llevaron a ordenar que el Discurso fuera nuevamente a la imprenta, pero esta vez en Bogotá, la capital de la recién creada Colombia (la grande), lo cual se realizó en 1820. Ese mismo interés revesaba la frontera gran colombiana, pues esperaba que sus ideas fueran también leídas y estudiadas en los grandes centros de luces y poder, por lo que también ordenó que se realizara una publicación en inglés bajo la dirección de James Hamilton, súbdito británico instalado en Angostura desde 1818[19].
  Ahora bien, entre las tres publicaciones existen variaciones, algunas ligeras (de forma) y otras más notables (de fondo), que obligaron siempre a que los historiadores e investigadores se preguntaran cual había sido la fuente de cada una, pues entre los papeles dejados por O´Leary y Briceño Méndez no existía nada que arrojara luz sobre el asunto. Con la adquisición, en 1928, de los papeles de la Sección Juan de Francisco Martín se abría la posibilidad de que se encontrara el documento original; sin embargo, aunque no fue así, la frustración fue solo a medias, ya que sí se localizaron entre aquellos papeles dos extensos borradores del famoso Discurso con muchísimas enmendaduras y adiciones, algunas de la mano del propio Bolívar, que permitieron desarrollar nuevos planteamientos e investigaciones de índole histórico y literario.
Fue gracias al minucioso académico de la Historia y la Lengua, Pedro Grases (1909-2004) que se localizó el original del Discurso de Angostura. Por el mucho indagar en la vida londinense de Francisco de Miranda y Andrés Bello, don Pedro Grases encontró el manuscrito que utilizó Bolívar para leer su famoso Discurso, en poder de del señor Philip J. Hamilton-Grierson, descendiente del Cnel. James Hamilton (1770-1840), el mismo que fuera comisionado por Bolívar en 1819 para realizar la traducción del Discurso al idioma inglés. En la siguiente nota escrita de puño y letra en su lengua materna el coronel Hamilton explica cómo llegó a su poder el manuscrito:

Este es el gran Discurso leído por el general Bolívar en la apertura del Congreso de Angostura febrero 15 de 1819 y presentado por él a mí  James Hamilton

  Con estas líneas Hamilton indica que el manuscrito le fue entregado por el mismísimo Libertador después de ser leído para que procediera a su traducción, lo que una vez finalizado y ausente el propietario, originó que permaneciera en su archivo particular hasta su muerte ocurrida en la misma ciudad de Angostura, para luego ser llevado por sus deudos a Inglaterra.
  En 1975, en medio de un acto protocolar, el señor Philip J. Hamilton-Grierson hizo entrega del manuscrito de 32 folios y uno más con la nota transcrita, al Presidente de la República de Venezuela Sr. Carlos Andrés Pérez, quien de inmediato lo traspaso al Archivo del Libertador para su respectiva catalogación y posterior estudio y publicación (más sobre este manuscrito aquí).
  Así pues, durante tres cuartos de siglo la colección documental Archivo del Libertador no cesó de incrementarse, incluso el último año del siglo XX y la primera década del XXI otras incorporaciones importantes se efectuaron, con particulares características que en otra entrada destacaremos.



[1] La designación “sección de O´Leary” es un recurso del que hemos echado mano para distinguir uno de los tres periodos en que hemos dividido el tránsito de la colección de documentos que el Gral. O´Leary reunió: denominamos 1° “fracción de O´Leary” al conjunto de documentos que le correspondieron al edecán cuando el archivo de Bolívar se fraccionó en tres partes; 2° “sección de O´Leary” una vez que su fracción del archivo de Bolívar se juntó con los documentos que el irlandés había reunido en diferentes años y de diversos orígenes; y 3° “Sección O´Leary del Archivo del Libertador” una vez que aquellos legajos documentales entregados al Gobierno venezolano fueron organizados en tomos e indizados al estilo de un archivo moderno.
[2] Cuando los deudos del General O´Leary hicieron entrega del cumulo documental que lleva el nombre del fiel edecán, se desconocía por completo que existieran otros conjuntos de papeles que hubieran pertenecido al archivo de Bolívar, y menos aún que ese antiguo archivo hubiese sido fraccionado para incluir entre sus nuevos tenedores a Briceño Méndez y Juan de Francisco Martín. De modo que a finales del siglo XIX y primera década del XX, solo existía el archivo de O’Leary, y es con Lecuna cuando comienza a llamársele Archivo de Bolívar o del Libertador una vez que comienzan a agregársele nueva documentación. Véase Lecuna, Vicente: Papeles de Bolívar; Editorial América, Madrid, 1920, pág. 8; esta obra fue publicada originalmente en 1917, pero solo hemos podido consultar la edición de 1920 de la editorial Biblioteca Ayacucho, dirigida por Rufino Blanco Fombona
[3] Ha sido bastante confuso poder especificar de donde fueron tomados los documentos que Vicente Lecuna identifica como que pertenecían al general Pedro Briceño Méndez, pues en su obra de 1917 Papeles de Bolívar (edición de 1920, pág. 10-11) indica que fueron extraídos por él del archivo Blanco y Azpurúa; mientras que en la de 1954 (edición póstuma) La Casa Natal del Libertador (pág. 57) dice que por gestiones suyas y de Cesar Zumeta fueron comprados por el Gobierno Nacional al señor Arensbourg, que a su vez los había comprado a los herederos de Ramón Azpurúa.  
[4] Archivo del Libertador, edición digital desarrollada por la Academia Nacional de la Historia y el Bolivarium de la Universidad Simón Bolívar a partir del microfilm que la primera conserva (en adelante A.L.A.N.H.); rollo 17, folio 136. También en http://libertador.bolivarium.usb.ve/documento.php?id=8279f93 imágenes 5 a 10. Consultada el 26-08-2019.
[5]A.L.A.N.H., rollo 17, folio [414]. También en http://libertador.bolivarium.usb.ve/documento.php?id=8072f51 imágenes 2 a 36. Consultada el 16-04-2019.
[6]Ministerio de Relaciones Exteriores: Relación Histórica del General Pedro Briceño Méndez. Caracas, 1933; pág. 5,6. También A.L.A.N.H., rollo 18, portada.
[7]Con pequeños volantes o con notas escritas sobre el documento, se indicaba uno y otro caso, véase, por ejemplo; Cartas a Luis Brión de mayo a julio de 1817 en A.L.A.N.H rollo 18, folios 43 y siguientes.
[8] Hijo de Valentina Clemente Bolívar, y por tanto nieto de María Antonia Bolívar. 
[9] Boletín de la Academia de Historia N° 71.
[10]Hijas de Valentina Clemente Bolívar
[11]Nieto de Fernando Bolívar Tinoco, sobrino del Libertador.
[12]Catalogo Donación Villanueva a la Academia Nacional de la Historia. Estudio Preliminar, preparación del Catálogo, selección y copia de los textos, notas e índices por el Dr. Blas Bruni Celli. Caracas, 1965. Pág. [1].
[13]B.A.N.H Tomo XLVII abril-junio de 1965 N° 190, pág. [156].
[14]Ídem. pág. 159 y siguientes
[15]Ídem.
[16]B.A.N.H Tomo XLIX abril-junio de 1966 N° 194, sección Vida de la Academia, pág. 313.
[17] Siempre y cuando el señor Quiñones de León no hubiera tenido para con los demás miembros de la Comisión de 1921 la misma deferencia que tuvo con don Carlos A. Villanueva.
[18]Catalogo Donación Villanueva a la Academia Nacional de la Historia (Segunda Parte). Estudio Preliminar, preparación del Catálogo, selección y copia de los textos, notas e índices por el Dr. Blas Bruni Celli. Caracas, 1968. Pág. 9-11
[19]El impreso con la traducción al inglés se realizó en la propia Angostura en 1819, por lo tanto, es anterior al impreso de Bogotá.

miércoles, 29 de enero de 2020

Dispersión del patrimonio documental venezolano (III): ¡Hasta México llegó el desparrame!


  Hacia junio de 1895 el general Manuel Landaeta Rosales[1] (1847-1920) publica en un diario de la capital venezolana una relación de los diversos fondos documentales que existían en el Archivo del Registro Público para entonces: entre los 30 fondos identificados por el erudito investigador y compilador se cuenta el de Reales Cédulas[2]: instrumentos jurídicos producidos por los monarcas españoles que, según García Chuecos, fueron la base fundamental del Derecho de Indias y que tuvieron como objeto modificar, ampliar, restringir o extinguir legislación precedente y hasta crear nueva[3].
  Con la relación de Landaeta Rosales quedó de manifiesto que fueron muchos los papeles de la época colonial que los primeros Archiveros Nacionales almacenaron; sin embargo, es también cierto que mucha de la producción y recepción documental del periodo indiano y grancolombiano o no se guardó o no se hizo de la forma correcta, como hemos reseñado en las dos entradas anteriores con el encabezado “Dispersión del Patrimonio Documental…”. En la que signamos con el numero II discurrimos sobre el rescate que el Gral. Pedro Arismendi Brito realizó de varios tomos y legajos de manuscritos en una pulpería de Caracas en la que se encontraban dispuestos para envolver mercaderías, entre ellos seis Cedularios organizados a finales de 1733 por orden del regidor Pedro Arias Altamirano. Si bien fue afortunado el hallazgo y salvamento de aquellos Cedularios junto a otros 21 libros manuscritos que contenían parte de la memoria colectiva venezolana del periodo colonial, surgió la hipótesis de que entre ellos faltaban dos de los cedularios organizados en el siglo XVIII, fundado en la seis veces repetida declaración de que el índice de toda la colección se encontraría en el libro o tomo n° 8.
  Esta hipótesis quedó parcialmente demostrada cuando en abril de 1948 se hizo conocer al entonces director del Archivo General de la Nación, el ya mencionado Héctor García Chuecos, que en Ciudad de México se hallaba un tomo manuscrito de Reales Cédulas dirigidas al Capitán General de Venezuela entre 1715 y 1720, y que por ser de interés a esta nación se le ofrecía en venta. ¿Cómo llegó a México un Real Cedulario organizado en 1733 en Caracas con documentación dirigida a las autoridades de Venezuela?  Hallado en la biblioteca del ya entonces difunto político y empresario venezolano Vicente Betancourt Aramburu, la primera presunción es que este lo hubiese traslado a tierras aztecas sacándolo del sitio donde se guardaba en Venezuela; pero esta natural presunción de ninguna forma descartada otras posibilidades: como que fuera por él adquirido de manos del incógnito pulpero de Caracas que vendió el resto de la colección al Gral. Arismendi Brito, o hasta que fuera comprado a algún librero o coleccionista en el propio suelo mexicano. Sea como fuere, el caso es que el Dr. García Chuecos hiso entender a la ofertante y a su apoderado que ellos solo eran simples tenedores de aquel libro con manuscritos del siglo XVIII, pues su legítimo propietario era la Nación venezolana[4]. Luego de casi un año de conversaciones, las razones expuestas fueron finalmente aceptadas y se concluyó un acuerdo que le otorgaba a la ofertante Bs. 1.000 como indemnización por la conservación del interesante libro. Una vez retornado a Venezuela, y habiendo recibido el tratamiento archivístico que correspondía según los parámetros de la época, fue asignado a la sección segunda del fondo “Reales Cédulas” del Archivo General de la Nación con la identificación “Tomo VII Bis” para mantener la continuidad cronológica de la colección que se había organizado en 1942.
Tomo VII-bis de la sección segunda del sub-fondo "Reales Cédulas" del fondo Archivo General de la Nación, localizado en México en 1948.

  En la narración que de estos hechos hace el Dr. García Chuecos[5] se cuida siempre de
Folio mecanografiado insertado al Tomo VII-bis a manera de Advertencia
señalar que tanto este como los 27 legajos y libros manuscritos que se rescataron de la anónima pulpería de Caracas debieron pertenecer a los Archivos Nacionales, pero sin sentenciar que en efecto pertenecieron, pues de la labor de los primeros archiveros del Registro Público no quedó ninguna relación (listado, índice, catálogo, etc.) que permitiese corroborar cuales y cuantos fueron los libros, legajos y papeles sueltos que almacenaron a los largo de 76 años que duró la responsabilidad que tuvieron para con aquellos documentos, algunos de los cuales aun conservaban sus valores primarios. El cumulo documental que en 1912 se entregó al recién creado Archivo Nacional (hoy Archivo General de la Nación) no contaba ni siquiera con un sello que indicara que dichos papeles pasaron por las manos aquellos funcionarios. Todo apunta a que el trabajo en el Archivo Nacional del Registro Público se realizaba sin orden ni concierto, sin el más mínimo reconocimiento de que aquellos documentos eran trascendentales para la administración, la cultura y la identidad nacional; antes bien eran tratados como casi innecesarios. Lo antes expuesto se confirma con lo señalado por Vicente Lecuna refiriéndose a uno de los muchos grupos de papeles que se apilaron: “Durante el periodo de 1870 a 1883 llevóse a cabo una remoción
[6] en el archivo nacional y las piezas relativas a la guerra de independencia fueron puestas sin orden alguno en legajos titulados “Capitanía general”. La catalogación de documentos no se comenzó [sino] hasta 1913…[7].

  La existencia en el México de mediados del siglo XX de un libro manuscrito producido en Venezuela durante el siglo XVIII por las autoridades locales evidencia, una vez más, la vulnerabilidad del patrimonio documental cuando no existen políticas, prácticas y metodologías que contribuyan a su preservación, más aún cuando no hay conciencia clara del valor de estos documentos para la investigación científica y la construcción de la memoria.




[1] Militar, investigador, biógrafo, cronista y escritor que, además, ocupó variados y disimiles cargos en la función pública. Destacaremos de su biografía su relación con el patrimonio documental de la nación, ya que desde 1889, se dedicó a una vasta tarea de compilación de documentos y recopilación de datos, de lo que resultó la publicación de 17 libros (entre ellos la Gran recopilación geográfica, estadística e histórica de Venezuela (noviembre. 1889-mayo 1890), 74 folletos y más de 350 artículos sobre los más variados temas de historia de Venezuela. Recolector de datos para el Anuario Estadístico (1891), compilador de documentos en los ministerios de Instrucción Pública (enero-mayo 1893) y Fomento (mayo 1893-mayo 1895), archivero en el Ministerio de Relaciones Interiores encargado de la Recopilación de las leyes de Venezuela (agosto 1900-diciembre 1902), fue director de la Biblioteca Nacional (julio 1903-agosto 1908). Inspector y corrector de la “Historia Contemporánea de Venezuela” de Francisco González Guinán (1910-1911). Compilador auxiliar de los Despachos Ejecutivos (1914) y miembro de la Junta de Inspectores y de Consulta de los Archivos Nacionales y de la Biblioteca Nacional (1915). Autor de la compilación de “Documentos relativos a la vida pública del general Joaquín Crespo (3 tomos, 1894-1896), La historia militar y política del general Joaquín Crespo” (1897) y en colaboración con Ramón Tello Mendoza editó los “Documentos del general Cipriano Castro” (1903-1908). Se le llamó con gran respeto y honra “Huésped venerable de los archivos caraqueños”, “voluminoso índice viviente”, “biblioteca y archivo parlante y ambulante”. El archivo del general Manuel Landaeta Rosales, incluyendo algunos manuscritos inéditos, se conserva en la Academia Nacional de la Historia
[2] Manuel Landaeta Rosales: “Los Archivos Públicos de Caracas” en El Diario de Caracas, Año II, N° 522, del 27 de junio de 1895
[3] García Chuecos, Héctor: Explicaciones y Advertencias en “Derecho Colonial Venezolano. Índice General de las Reales Cédulas que se contienen en los fondos documentales de Archivo General de la Nación”. Archivo General de la Nación, Caracas-1952, pág. X.
[4] García Chuecos; Héctor: Derecho Colonial Venezolano. Caracas, Imprenta Nacional, 1952; pág. XII.
[5] Tanto en el folio mecanografiado que al tomo VII-Bis se le insertó, como en las Explicaciones y Advertencias al Índice General de las Reales Cédulas existentes en los fondos del Archivo General de la Nación editado como Derecho Colonial Venezolano citado en la nota anterior.
[6] En la Guía del Archivo General de la Nación preparada por Herrera-Soto y publicada en 1984 se cita este texto de Lecuna utilizando aquí la palabra “renovación” sin indicar la edición de donde se toma. El texto que hemos consultado, señalado en la referencia siguiente, coloca aquí la palabra “remoción”. Hasta tanto podamos consultar la primera edición de esta obra de Lecuna (1917) nos acogemos a la fuente consultada.
[7] Biblioteca Ayacucho: Papeles de Bolívar publicados por Vicente Lecuna. Editorial-América, Madrid 1920, tomo I, pág. 7.