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martes, 28 de marzo de 2017

Los documentos de Sucre en Europa.

Antonio José de Sucre. Oleo de Arturo Michelena (1895)
 La partición que el propio Antonio José de Sucre hizo sobre su archivo personal en 1828 propició que, luego de su muerte en 1830, se realizaran otras divisiones que terminaron por esparcir estos papeles por zonas muy distantes entre sí, incluso por países que nada tuvieron que ver en el accionar guerrero y político del Gran Mariscal de Ayacucho. El historiador Rafael María de Guzmán relata como un empleado de la casa de la viuda de Sucre vendió parte de aquellos legajos[1]; y el historiador y político estadounidense Hiram Bingham informó que 1907 adquirió en Ecuador y llevó a la Universidad de Yale un grueso número de estos papeles[2]. Pero hasta en Europa se encontraban documentos que pertenecían al archivo de Sucre y que fueron llevados allá por descendientes del también héroe de la independencia y varias veces Presidente de Ecuador, General Juan José Flores.

 Juan José Flores nació en Puerto Cabello, Provincia de Caracas en la Capitanía General de Venezuela, el 19 de julio de 1800[3]. Incorporado casi niño a la guerra independentista, llega al actual Ecuador en 1825 como Coronel efectivo.  Pronto, y con la confianza del Libertador ganada por valentía, arrojo y buen desempeño de sus funciones, alcanza nuevos rangos y cargos en Guayaquil y Quito. En esta última ciudad contrajo matrimonio con Mercedes Jijón, de la aristocracia local, con quien dejó 11 hijos, entre ellos los dos que se vinculan con los papeles de Sucre: Antonio Flores Jijón[4]  y Josefina Flores Jijón de Barriga.

Como es sabido, el General Sucre contrajo matrimonio en Quito, año de 1828, con Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda y Villarocha. Bien pronto enviudó la Marquesa producto del asesinato de Sucre en los montes de Berruecos el 3 de junio de 1830; pero más pronto aun volvió a contraer nupcias[5], esta vez con el general Isidoro Barriga. De esta unión sobrevivió un único hijo, Manuel Felipe Barriga y Carcelén, quien casó con Josefina Flores Jijón. El hijo de este matrimonio, Isidoro Barriga Flores, apenas vivió 14 años. Viuda desde 1881 y con terribles cargas económicas, Josefina Flores recibió gran apoyo de su familia inmediata, con quienes compartió algunas de sus posesiones, entre ellas las que heredó de su esposo y que provenían de la Marquesa de Solanda, viuda de Sucre[6].

 Antonio Flores Jijón, a más de Presidente de Ecuador, se ocupó también en escribir sobre temas de historia, entre los cuales se cuentan obras como Historia Antigua, Memorias de los Virreyes y El Asesinato del Mariscal de Ayacucho (1883), en el cual defiende a su padre, acusado de participar en el crimen de Berruecos. Al parecer, pues no está del todo precisado, doña Josefina Flores Jijón cedió a su hermano parte del archivo de Sucre que permanecía en la Casa Azul (la cual fue su residencia y habitó hasta su muerte), con los cuales se apoyaría para sustentar sus escritos históricos. Cuando Antonio Flores Jijón abandonó la presidencia de Ecuador en 1892, se retiró con su familia a Europa, de donde no regresó más y en la cual murió en 1915.

 En Francia se encontraban las hijas del Dr. Flores Jijón, Elvira y Leonor Flores Apodaca, cuando en 1937 iniciaron gestiones ante el representante de Venezuela en los Países Bajos, Dr. Gustavo Herrera, ofreciendo la parte la parte del archivo del Mariscal Sucre que se encontraban entre los papeles que su padre había trasladado a Europa. Aceptada la proposición por el Gobierno de Venezuela, se comisionó al Dr, Caracciolo Parra Pérez, prolijo historiador y hábil diplomático con experiencia en esto de rescatar archivos, para “conocer del valor histórico de dichos documentos, opinar sobre la utilidad que pudiesen prestar al mejor conocimiento de nuestra historia y actuar en las diversas circunstancias relacionadas con su adquisición[7]. Inmediatamente el Dr. Parra Pérez se dirigió a Niza a la residencia de las poseedoras Flores-Ruiz de Apodaca para cumplir con lo asignado; en lo cual pudo corroborar la autenticidad de los papeles y su valor como fuente primaria para la historia venezolana e hispanoamericana, ante lo cual investido como se encontraba de la autoridad delegada por el Gobierno de Venezuela, inicio los acuerdos para la adquisición del Archivo de Sucre. Pero durante un tiempo fue imposible concretar la entrega del citado archivo, pues un litigio familiar sobre la herencia Flores impidió toda acción sobre tales bienes, y el Archivo de Sucre se quedó en Europa a la espera de una mejor oportunidad.




[1] Leyendas Históricas, articulo reproducido en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia N° 50, abril-junio de 1930.
[3] Algunas fuentes historiográficas dan como año de nacimiento 1799.
[4] También Presidente de Ecuador entre 1888 y 1892.
[5] El 16 de julio de 1831
[6] Véase el folleto de Ángel Grisanti: Los restos del Gran Mariscal de Ayacucho y la hacienda “El Deán”. Editorial Plenitud. Quito-Ecuador. 1948.
[7] Informe del Ministerio de Relaciones Exteriores citado por Pedro Grases en: Los papeles de Bolívar y Sucre, Fundación de Promoción Cultural de Venezuela, Caracas-1985; pág. 189.

lunes, 20 de marzo de 2017

Documentos: La carta mas antigua que se conoce de Bolívar.

En el Archivo del Libertador que hoy se conserva como un sub-fondo del Archivo General de la Nación, se encuentra en el tomo 45, folios 1 recto al 2 recto, la carta más antigua que se conoce de Simón Bolívar. El documento en cuestión es una copia realizada por Vicente Lecuna antes de 1916[1], tomada del original que para entonces era propiedad del señor Rafael Palacios.

La carta está dirigida al tío materno de Bolívar, Don Pedro Palacios, desde el puerto de Veracruz en México, y en ella el futuro Libertador detalla su llegada y permanencia en la tierra azteca. Además de ser la carta más antigua que se conoce del Padre de la Patria, tiene esta otra particularidad que la destaca: la inusual ortografía con que fue escrita. Si bien para entonces no se habían generalizado las reglas básicas de ortografía[2] por la Real Academia Española, este primer escrito de Bolívar se aleja mucho de lo que era usual en las personas cultas de la época. Transcribimos el texto de esta curiosa carta del Libertador tal como fue copiada del documento original por el Dr. Lecuna, y que se encuentra en el Archivo General de la Nación. Seguido de este, acompañamos imágenes del facsímil del original tal como fue publicado en "Simón Bolívar, Obras Completas", trabajo compilatorio también de Vicente Lecuna, segunda edición, 1950.  





Veracruz, 20 de marzo de 1799.
Sor Dn. Pedro Palacios y Sojo
Estimado tío mío: Mi llegada a este puerto ha sido felismente, gracias a Dios: pero nos hemos detenido aquí con el motibo de haber estado bloqueada la Abana, y ser presiso el pasar por allí; de sinco nabíos y once fragatas ingleses. Después de haber gastado catorce días en la nabegasión, entramos en dicho puerto el día dos de febrero con toda felicidad. Hoi me han susedido tre cosas que me an complasido mucho: la primera es el aber sabida q.e salía un barco para Maracaibo y q.e por este condudto podía escribir a usted mi situasión, y partisiparle mi biaje que ise a México en la inteligencia que usted con el Obispo lo habían tratado, pues me allé haquí una carta para su sobrino el Oidor de allí recomendándome a él, siempre q.e hubiese alguna detención, la cual lo acredita esa que le entregará usted al Obispo que le manda su sobrino el Oidor, que fue en donde bibí los ocho días que estube en dicha ciudad. Don Pedro Miguel de Hecheberría costeó el biaje, q.e fueron cuatro­cientos pesos poco más o meno, de lo cual determinará usted, si se los paga aquí o allá a Don Juan Esteban de Hechesuría q.e es compañero de este Sr. a quien bine rrecomendado por Hechesuría, y siendo el condudto el Obispo. Hoi a las onse de la mañana llegué de México y nos bamos a la tarde para España y pienso que tocare­mos en la Abana porque ya se quitó el bloqueo que estaba en ese puerto, y por esta razón a sido el tiempo mui corto para haserme más largo. Vsted no estrañe la mala letra pues ya lo hago media­namente pues estoi fatigado del mobimiento del coche en q.e hacabo de llegar, y por ser mui a la ligera la he puesto mui mala y me ocuren todas las espesies de un golpe. Espresiones a mis ermanos y en paticular a Juan Visente q.e ya lo estoi esperando, a mi amigo Don Manuel de Matos y en fin a todos a quien yo estimo.
Su más atento serbidor y su yjo.
SIMÓN BOLÍVAR.
Yo me dessenbarq.e en la casa de Don José Donato de Austrea el marío de la Basterra quien me mandó recado en cuanto llegué aquí me fuese a su casa y con mucha instancia y me daba por razón que no havía fonda en este puerto.


Folios 1 (vuelto) y 2 (frente) de la carta más antigua que se conoce de Simón Bolívar (copia tomada del original).






Imágenes del facsímil del original como fue publicado en "Simón Bolívar, Obras Completas", segunda edición, 1950.






[1] Fecha en que se encuadernó dicho tomo de documentos en la Escuela de Artes y Oficios de Caracas dirigida por el Dr. Lecuna, entonces bajo la numeración XXIX de la sección O´Leary. En 1929 Lecuna publica las “Cartas del Libertador corregidas conforme a los originales. Mandadas publicar por el Gobierno de Venezuela presidido por el General J. V. Gómez, tomo I, 1799-1817”, en la cual inserta un facsímil del original de esta carta. 
[2] Las primeras reglas ortográficas formuladas por la Academia se recogen en el Discurso proemial de la orthographía de la lengua castellana incluido en el primer tomo del Diccionario de autoridades 1726, pero es hasta 1741 que aparece ya la primera edición de la ortografía académica.

lunes, 13 de marzo de 2017

...y se perdió el Archivo de Miranda.

  La confusión, la suspicacia y la decepción reinaron entre los oficiales, personeros y simpatizantes de la independencia desde 20 de junio (fecha de la primera derrota ante Monteverde en La Victoria) hasta el 12 de julio de 1812 (en que se aprueba por parte de las autoridades republicanas iniciar conversaciones para finalizar la guerra) debido a un sin número de sucesos fatídicos que se conjugaron, premeditadamente o no, contra el Generalísimo Francisco de Miranda[1]. Todo ese estado de efervescencia emocional llega a su clímax al agregársele el nerviosismo causado por la súbita firma de un Tratado de Capitulación el 25 de julio de aquel año, en el cual todos sus términos quedaban sujetos a la buena voluntad del jefe monárquico, capitán Domingo Monteverde, sin mayores ventajas para el bando republicano.

  Así, el 30 de julio de 1812 el puerto de La Guiara es un desparrame de gente intentado embarcase con destino al extranjero para salvar sus vidas e intereses de lo que creen, no sin razón, será el inicio de graves retaliaciones. Entre ellos se encuentra Antonio Leleux[2], ayudante y amigo personal de Miranda, que ha recibido desde el 28 de julio la comisión de embalar bien los papeles y mapas que se encuentran en los cofres, los remita a Curazao en el bergantín de Watson, los ponga bajo encargo de la firma comercial inglesa Robertson & Belt y que, de ser preciso, pasase él mismo a La Guaira para asegurar la ejecución de esta orden “como un asunto que tanto le interesa” al Precursor[3]. Los cajones con los papeles se encontraban ya en La Guaira desde el 15 de julio, según informes que a Miranda da el tristemente célebre Marqués de Casa León[4]. Pero debido al embargo que pesa sobre las naves ancladas en ese puerto del litoral venezolano, no pudo Leleux embarcar los ya arreglados papeles en el bergantín citado, y será la llegada de Miranda la noche del 30 de julio para él mismo salir del país, lo que aceleró el levantamiento del embargo y pudo su ayudante estibar los tres baúles en otra nave que le ofrecía más confianza por serle conocida, la corbeta “Sapphire”: la misma en la que habían llegado él y el archivo de Miranda a Venezuela el 5 de diciembre de 1810.

  El caos y desconcierto que se suscita entre la noche del 30 y la madrugada del 31 de julio de 1812 no ha podido se esclarecido por los historiadores, aun con los relatos de protagonistas y testigos oculares de los hechos. El caso es que al amanecer el día 31 el Generalísimo Francisco de Miranda está preso, el puerto nuevamente cerrado, los cañones disparando contra los buques que intentan zarpar y la bandera española ondeando de nuevo en los castillos. La corbeta “Sapphire”, al mando de su experimentado capitán Henry Haynes, logra salir de la rada y quedar fuera del alcance de los cañones, dispone su rumbo a Curazao[5] a donde arriba el 3 de agosto. En la lista de equipaje se cuentan, entre otras cosas, tres baúles con chapas de bronce marcadas “F.M” en que van los manuscritos empastados del Precursor, pero entre los pasajeros no llega Antonio Leleux, que permaneció cerca de Miranda en medio de la confusión del arresto y al ver que no había ya nada que hacer se precipita a embarcar en la primera nave que hubiera, sin importar el destino. Así pues, el archivo en Curazao, el propietario detenido y el custodio perdido, no se avizoraba buen destino para aquellos atesorados papeles.

  Diez días después del desbarajuste de La Guaira, llega Antonio Leleux a Curazao a la casa de los señores Robertson & Belt, donde habían sido depositados los cajones de Miranda como propiedad inglesa. Pero el recelo que aquellos papeles habían causado durante tantos años en muchas partes se repite en esta isla, por lo cual, después de dos inspecciones, los oficiales de la aduana los dejan confiscados por orden del Gobernador John Hodgson. Quedan de esa forma los muy apreciados papeles de Francisco de Miranda sin destino cierto.

  Durante un tiempo prolongado, Leleux hace gestiones para recuperar aquellos papeles que pueden ser comprometedores para muchos personajes de la política anglosajona, por lo que, valiéndose de este argumento, dirige varias comunicaciones a Nicolás Vensittart, influyente político londinense y a quien Miranda había dejado amplios poderes en 1810 para que representara sus intereses durante su ausencia o muerte,  solicitando su intervención para recibir él aquellos baúles y remitirlos a la familia del Precursor en Londres. También el propio Miranda se dirige a su albacea para solicitar su acción con miras a recuperar aquellos valiosos documentos. Una y otra gestiones son infructuosas pues Vensittart, que desde 1823 ostentará el título de Lord Bexley, no se ocupó de esa y parece que de ninguna otra diligencia en favor de Miranda luego de los sucesos de 1812.

  Finalmente, Antonio Leleux se reincorpora con Bolívar a la lucha independentista en octubre de 1812 en Cartagena; y Francisco de Miranda muere en la prisión de La Carraca la madrugada del 14 de julio de 1816, y el archivo de Miranda se perdió. No se volverá a tener noticias certeras del paradero de los papeles del Generalísimo; pero que no fueran certeras no indicaba que no fueran noticias.

Miranda en La Carraca. Oleo sobre lienzo, Arturo Michelena, 1896.



[1] Para una compresión amplia de los sucesos previos a la Capitulación de San Mateo, véase la descripción y referencias de Caracciolo Parra Pérez en Historia de la Primera República, cuarta parte El Generalísimo (descarga la edición de la Biblioteca Ayacucho de 1992 Aquí).

[2] Pedro Antonio Leleux, nacido en 10 de noviembre de 1.781 en Calais, Francia. Algunos historiadores principian su amistad con Miranda en Londres, actuando como dependiente de una empresa dedicada a la tipografía. Llega a Venezuela el 5 de diciembre de 1.810 como secretario particular de Simón Bolívar, a propuesta del propio precursor cuando el futuro libertador se encontraba como comisionado del Gobierno de Venezuela para negociar con Inglaterra. Su vinculación con Miranda lo llevaron a hacer grandes gestiones por salvar su archivo desde antes de la Capitulación de San Mateo hasta después de la muerte del Generalísimo. Para detallar la vida de este personaje se recomienda Pedro Antonio Leleux: el francés edecán, secretario y amigo de confianza de Bolívar y Miranda de Paul Verna, 1927.

[3] Rojas, José María: El General Miranda; Librería de Garnier Hermanos, Paris,1884, págs. 699 y 700

[4] Ibíd., pág. 392.

[5] Entre 1807 y 1816 la isla de Curazao se encontraba bajo el gobierno inglés, producto de invasión de varias posesiones francesas en América durante las guerras napoleónicas de Europa. 





domingo, 5 de marzo de 2017

El “bendito” pecado de la desobediencia.

 A la muerte de Simón Bolívar todos sus amigos y seguidores fueron proscritos y perseguidos en los territorios de Nueva Granada y Venezuela, de la ya dividida Colombia (la grande). Ejerciendo cargos públicos o no, todo el que quería salvar su vida debía salir precipitadamente de estos países, más aun, luego que el general José Ignacio Luque, con su habitual carácter ambiguo, viola la Capitulación del 23 de abril de 1831, y apresa y expulsa a don Juan de Francisco Martín (1799-1869), Prefecto del Departamento de Cartagena, y al General Daniel Florencio O´Leary (1801-1854), entre otros. Como vemos, y lo detalla Carlos González Rubio, era verdaderamente difícil para el albacea y el edecán del Libertador salir del país con una pesada carga, sobre todo si se trataba de papeles de Simón Bolívar, por cuya amistad y entrega estaban sufriendo la pena del destierro, rumbo a la siempre cordial Jamaica.

 Una vez en esta isla, Juan de Francisco Martín no se encontraba completamente a la deriva, pues desde hacía algún tiempo tenía establecido un comercio en sociedad con Juan Bautista Pavageau con sede en esta Antilla. No podemos menos que imaginarnos la sorpresa del ilustre albacea al saber que en aquel territorio se hallaban los 10 baúles que contenía el archivo de su amigo y jefe, y sobre los cuales pesaba en él un deber.

 No sabemos en qué fecha llegó Juan Bautista Pavageau a Jamaica, ni donde depositó el encargo que traía (véase la entrada El Archivo de Bolívar se salva “de milagro”); menos aun si para esas fechas conocía la disposición testamentaria de Bolívar, pero creemos en la sensatez de las opiniones de González Rubio cuando dice que “era forzoso desembarcar los baúles y depositarlos, lógicamente, en casa de don Juan de Francisco Martín, su socio y quien además de haber vivido en Jamaica conservaba su sede de negocios” [allí][1].

 Se encontraba, pues, Juan de Francisco Martín como único albacea/custodio de los papeles del Gran Hombre de América, ya que Silva y Briceño Méndez se encontraban en Venezuela y Vargas nunca se ocupó de este cometido[2]. (Véase entrada El Archivo en el Testamento de Bolívar)

 En presencia de su compañero de partida y viaje, el General Daniel Florencio O´Leary, podemos figurarnos a de Francisco Martín ante el dilema de cumplir la orden dada por el jefe moral, amigo y compañero de entregar los papeles al fuego; o escuchar la voz del fiel edecán que trata de persuadirlo a que no lo haga, ya que tales legajos le serán útiles para cumplir un antiguo proyecto y también encargo del Libertador.

 En efecto, O´Leary abrazaba desde mucho tiempo atrás la idea de escribir una obra histórica sobre la vida de Simón Bolívar, para lo cual ya había acopiado una gran cantidad de papeles. Desde 1825 ya era manifiesta tal intención, lo que puede verse en la carta que le dirige su amigo Guillermo Miller el 12 de agosto de ese año:
“Encantado estoy de saber que el mundo va á [sic] ser favorecido con “Las cartas peruanas” por el señor Don Daniel Florencio O`Leary. Que ruido harán en ambos hemisferios! (…)
De paso permítame U. que le pregunte si no sería mejor que en la portada sustituyera U. Coronel en vez de Don.” [3]

 Incluso poco antes de la muerte del Libertador y de los agrios sucesos que se suscitaron en esos días, otro compañero de luchas, el Coronel Belford H. Wilson, le escribe el 4 de noviembre de 1830 para reiterarle una solicitud relacionada con su proyecto, que ya daba por iniciado:
Vuelvo á suplicar á U. me mande aunque sea un bosquejo de la vida de S. E.; pues estoy comprometido con el amigo Gilpin que es uno de los primeros literatos de los Estados Unidos, y á quien debo muchos favores; ayúdeme U., pues una breve noticia no puede perjudicar la obra que U. está escribiendo; al contrario, servirá para excitar el apetito por extensas publicaciones.”[4]

 Más aun, de la propia mano de O´Leary conocemos que esa intención suya se hallaba respaldada por el mismo Bolívar, cuando le anota a su cuñado, el General Carlos Soublette, el 30 de abril de 1831:
“También tengo que rogar a V. un favor. Como V. sabe, hace algún tiempo yo tengo la intención de escribir la vida del Libertador y, habiéndome S.E. hecho este encargo en los últimos días de su vida, en Na. York donde gozaré de reposo pienso dedicarme a este trabajo.[5]

 Ya podemos imaginarnos al fiel edecán expresando con pasión el bosquejo de su plan al ilustre albacea, tratando de convencerlo de lo provechoso que serían esos papeles para dar más lustre a la gloria de Bolívar, al presentar tales documentos como elementos probatorios de la falsedad de los argumentos que esgrimieron sus enemigos para empañar y destruir su obra.

 Sin duda la palabra encendida de O´Leary “sedujo” a Juan de Francisco Martín, y lo “arrastró” a cometer el “pecado” de la desobediencia, ya que el fuego que todo lo consume no pudo alimentarse con los preciados papeles de Bolívar; y ¡El archivo se salvó!

 Es únicamente Juan de Francisco Martín quien lleva la honra (¿o culpa?), de haber salvado el archivo reunido por Bolívar, acomodado por Manuelita en los primigenios 10 baúles y transportado por Pavageau. Pero es también al noble albacea que se deba la primera fragmentación de los papeles de Bolívar.

Juan de Francisco Martín (1.799-1.869) albacea testamentario del Libertador 




[1] González Rubio, Carlos: LOS BAÚLES CONFIADOS A PAVEGEU. Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, 19 de abril de 1958, Volumen XVII, Numero 54. Pág. 39.
[2] Fue también Juan de Francisco Martín el encargado de recibir en Jamaica las Joyas del Libertador, las que posteriormente fueron remitidas al General Pedro Briceño Méndez en Caracas para su partición entre los herederos. Solo la medalla que hoy se conoce como la Estrella de Bolivia fue devuelta a este país, y hoy hace parte de sus insignias presidenciales. Para mayor abundamiento de este tema ver la ponencia de Juan Morales Álvarez en: B.A.N.H. Tomo LXXXIII ENERO-MARZO DE 2000 N° 329, págs. 351-383   
[3] O´Leary, Daniel Florencio: “Memorias del General O`Leary”. Tomo XII. P. 49.
[4] Ibídem. Pág. 135. (Negritas nuestras).  
[5] Navarro, Nicolás E.: Prologo a “Memorias del General O`Leary”, Narración, Tomo Primero, Caracas 1952. Pág.  XXI