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martes, 29 de mayo de 2018

El Archivo del Libertador en su Casa Natal.



La hermosa casona colonial que se conoce hoy como la Casa Natal del Libertador, pasó, al igual que Bolívar y todo lo que con él está relacionado, por múltiples dificultades para poder llegar a nuestros días como Monumento Nacional.

  Ubicada entre las esquinas de San Jacinto a Traposos, frente a la plaza El Venezolano,

este histórico lugar fue testigo del nacimiento del héroe universal de la libertad el 24 de julio de 1783, pues encontrándose entre las propiedades de su familia desde 1678, era la residencia de sus padres. A la muerte de su madre, doña María de la Concepción Palacios y Blanco, fue desocupada por el niño Simón y sus hermanos probablemente en 1793. En 1806 la casa es vendida a don Juan de la Madriz, quien más tarde ofrece fervorosamente en sus espacios una cena de gala al Libertador, durante su última visita a Caracas en 1827. Durante 70 años permanece la casa en posesión de los descendientes del señor Madriz, hasta que en 1876 la adquiere el presidente Antonio Guzmán Blanco quien, como hemos anotado, era un ferviente admirador de Bolívar.  Poco después de la muerte del “Ilustre Americano”, sus herederos deciden dar a la vieja Casa un uso más “acorde” a sus intereses, por lo que resuelven darla en arriendo al señor Juan Nölck quien instaló en ella su almacén de mercancías secas y comercio de frutas y productos animales. Debido a los trabajos de adaptación a su nuevo uso, así como por la presencia de animales de carga, a lo que había que sumarle además que desde el terremoto de 1812 se encontraba afectada en sus cimientos y paredes, la casa se encontraba pues, en seria ruina durante la primera década del siglo XX.

  La antigua casona es comprada a los descendientes de Guzmán Blanco el 11 de octubre de 1912, por una Sociedad Patriótica que para el efecto se había constituido, con fondos provenientes del aporte popular entre los venezolanos; y donada por esta al Estado venezolano el 28 del mismo mes y año. Más tarde, en 1916, se inicia un proceso de reconstrucción, reformas y equipamiento que finaliza con la inauguración el 5 de julio de 1921.

  Entre la mueblería adquirida para decorar y ambientar la reconstruida Casa Natal del Libertador se encontraban tres escaparates de caoba, uno con hojas de vidrio en cuya base se encontraban tallados los escudos de la Gran Colombia, Bolivia y Perú; otro con dorados, más antiguo, que se hallaban en el primer cuarto de enfrente, y el tercero muy parecido al segundo, pero que se encontraba en el segundo cuarto de enfrente. En estos muebles se colocaron los tomos salidos de la Escuela de Artes y Oficios con los papeles de Bolívar ya transformados en la primera parte del moderno Archivo del Libertador; pues consideró el Dr. Lecuna que era aquella casa restaurada el espacio más idóneo para conservar y mostrar a las generaciones futuras los objetos más relacionados con el Padre de la Patria, ¡y qué más relacionado con él que su propio pensamiento escrito!, por lo que aquel sitio era no solo el apropiado para exhibirlo, sino también para realizar un estudio minucioso de aquellos documentos. De aquella decisión nos comenta Don Vicente Lecuna:

La prenda más preciosa existente en la Casa Natal del Libertador es su archivo, al cual se han agregado otros del mismo orden, de diferentes personajes, relacionados todos con Bolívar.(…) Gracias al volumen y a la riqueza del archivo, que es desde hace tiempo la admiración de propios y extraños, Caracas, cuna de Bolívar, se ha convertido en el centro más interesante donde se puede estudiar la figura del Libertador, para rendir el debido homenaje a sus glorias y para el más acendrado respeto a su memoria.[1]

  Hallábase, pues, en la Casa Natal las dos primeras secciones del Archivo, Sección O´Leary y Sección Archivo Nacional y otras Fuentes, que serían la fuente primaria para que Lecuna y otros muchos historiadores nutrieran con la fuerza de la verdad documental sus estudios y publicaciones. Aquellas paredes y aquellos escritorios vieron la génesis de obras historiográficas que sirvieron algunas para “rendir el debido homenaje a sus glorias y para el más acendrado respeto” a la memoria del Héroe (como Crónicas razonadas de las Guerras de Bolívar; Catálogo de errores y calumnias en la historia de Bolívar; Bolívar y el Arte Militar; Entrevista de Guayaquil; de Lecuna) y otras que suscitaron polémica (como Bolívar; de Salvador de Madariaga).

  La disponibilidad que ahora tenían los estudiosos de la obra de El Libertador en sus papeles, gran número de ellos inéditos, motivaba a su vez la necesidad de brindar las garantías de custodia, conservación y resguardo del mismo, y no habiendo nadie con los suficientes méritos y conocimientos para hacerlo, fue por lo que el Doctor Lecuna se erigió, bajo designación, en Curador Ad Honorem tanto de la Casa Natal como del Archivo; y con el mismo grado que lo ameritó, y si se quiere hasta más aun, cumplió a cabalidad aquella misión hasta el final de sus días.


70 años permaneció el Archivo del Libertador en su Casa Natal, allí se fue aumentando progresivamente tanto con documentación relacionada directamente con Bolívar como con otros fondos y colecciones documentales, tal como describiremos en las siguientes entradas (véase Juan Bautista Pérez y Soto y su relación con el Archivo de El Libertador y Juan de Francisco Martín, la fracción olvidada).


[1]  Lecuna, Vicente: La Casa Natal del Libertador. Publicaciones de la Sociedad Bolivariana de Venezuela. Caracas- Imprenta Nacional- 1954, pág. 55.


lunes, 21 de mayo de 2018

Zarzuela venezolana (I): La Castañera, manuscrito autógrafo de José Ángel Montero.

Esta conjugación de arte escénico, lírico y musical de origen español pero influenciada por otros géneros europeos, caló muy bien en Venezuela, aunque algo tardío.

Datado su nacimiento hacia la segunda década del siglo XVII[1], según parece en unos campos de la ciudad de Madrid donde crecían abundantes zarzas y que hoy ocupa el homónimo palacio residencial de los reyes de España; será hacia la segunda mitad del siglo XIX que se tengan noticias sobre la zarzuela en nuestro país (aludidas en manuscritos de José María Osorio); y de la primera zarzuela venezolana (escrita en 1857 por Manuel Dagnino y Manuel Gandó[2]). A partir de entonces este género de música teatral congregará, cada vez en mayor número, a un publico que se irá haciendo más habitual y exigente, al punto de llegar a tener un “Teatro de la Zarzuela” en Caracas, a la par de las grandes ciudades españolas e hispanoamericanas.

Serán, pues, nuestros autores y compositores del periodo republicano quienes se encargarán de adicionar, aunque muy lentamente, a las zarzuelas traídas e interpretadas por compañías europeas el elemento autóctono, tanto en la temática como en sus ritmos y melodías, sus danzas y sus instrumentos, con los que poco a poco irá adquiriendo características nacionales.

De esos autores de la segunda mitad del siglo XIX destacará sobre manera José Ángel
José Ángel Montero (1832-1881)
Montero, considerado el más prolífico y polifacético compositor de aquella era, al haber incursionado en música escénica (óperas y zarzuelas); música sinfónica; música sacra (misas y motetes); música para banda, música de baile, música de cámara, etc. Entre la música teatral o escénica se considera que compuso 15 zarzuelas, una de ellas llamada “La Castañera”, cuyo manuscrito, enteramente autógrafo de Montero, se presenta ahora proveniente de la colección de la Biblioteca Nacional de Venezuela en su División de Libros Raros, Manuscritos y Archivos Documentales. No ha sido posible determinar la historia archivística de este manuscrito, ni su forma de ingreso a este repositorio documental
[3]; pero hay que anotar que en 1939 la Biblioteca Nacional, entonces bajo la dirección de Enrique Planchart, compra a la familia Montero una colección de documentos que habían pertenecido al compositor de marras y que comprendía no solo partituras sino otros papeles musicales y/o relacionados con este arte, que hoy se encuentran en la División de Sonido y Cine del mismo ente.
 
Este libreto, sin fecha de datación y originalmente en pliegos, fue encuadernado en la Biblioteca Nacional como método de conservación; y está conformado por 5 hojas escritas de puño y letra de José Ángel Montero por ambas caras (exceptuando la portada cuya parte reversa está en blanco) y al final de la ultima su rúbrica precedida por la frase “Propiedad de…”, forma habitual de los autores y compositores del periodo decimonónico para establecer no solo la propiedad de un legajo sino también la autoría de la obra.Sin embargo, es necesario señalar que, según la investigación del profesor Fidel Rodríguez Legendre[4], el 12 de mayo de 1866 se puso en escena en el Teatro Caracas de esta ciudad por parte de la Compañía Lírico-Dramática de Saturnino Blen una obra también titulada “La castañera”, pero de la autoría de alguien que el investigador identifica como "Soriano", a lo que hay que acotar que también era habitual entre los compositores de ese periodo hacer adaptaciones, traducciones y/o arreglos a obras de otros autores, aunque, eso sí, en la mayoría de los casos los manuscritos que resultaban de esas adaptaciones, traducciones y/o arreglos conservaban la enunciación del autor original. Por tanto, es difícil precisar si este manuscrito se trata de un original, de un apógrafo o de una copia adaptada; aunque la tradición hasta ahora lo identifica como de la fecunda inspiración de nuestro José Ángel Montero.

Será este la primera de varias muestras de manuscritos de zarzuela que se mostraran en este blog para tratar de romper la determinación geográfica, física y hasta temporal estos bienes culturales y acercar las fuentes documentales a quienes interese historiar más sobre el arte escénico y musical venezolano, así como de los personajes que los hicieron posible en diferentes épocas.














[1] El termino aparece por primera vez en la obra de Lope de Vega “La esposa de los cantares”, escrita cerca de 1620, refiriéndose a un baile; y en 1658 se representa “El Laurel de Apolo” de Calderón de la Barca, la cual es la primera obra que lleva la denominación “zarzuela”.

[2] Rojas Uzcategui, José de la Cruz: Historia y Critica del teatro venezolano Siglo XIX. Mérida, Universidad de Los Andes, Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, 1986; pág. 15.

[3] En este punto debemos llamar la atención sobre el hecho de que uno de los elementos de la norma internacional de descripción archivística es el relacionado con el contexto del documento o del fondo documental, cuya finalidad es brindar datos que contribuyan a dar autenticidad e integridad a la interpretación de la información que estos contienen. Esta buena práctica archivística no es aplicada en los instrumentos de descripción ni físicos ni digitales de la Biblioteca Nacional de Venezuela, pues desde el punto de vista bibliográfico esta información no es relevante, con lo quese corrobora una vez más que los documentos deben resguardarse en los archivos y no en las bibliotecas.

[4] Publicada en la Revista Musical de Venezuela N° 36, año XVIII enero-abril de 1998, pág. 75.