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domingo, 29 de enero de 2017

Primera vez del Archivo de Miranda en Venezuela.

  Luego de fracaso de la expedición de 1806 para traer la libertad a su tierra natal, se presenta ante Francisco de Miranda una nueva oportunidad de concretar su dilatado esfuerzo independentista. El 21 de julio de 1810 Miranda recibe en su casa de la calle Grafton a Simón Bolívar, Luis López Méndez y a Andrés Bello, delegados de la Junta de Caracas para tratar el apoyo del gobierno inglés a la causa de independencia. Aunque la instrucción a estos delegados es no tener contacto con Miranda, instigados por Bolívar deciden reunirse con el viejo “fugitivo” para plantearle las nuevas circunstancias que vive la Capitanía General y el aporte que este puede dar a la causa de su patria.

  Con la convicción de que ha madurado la conciencia política en sus coterráneos, Miranda prepara su regreso a Caracas, de la cual partió casi 40 años atrás y en la que todavía se encuentran sus familiares. Era necesario dejar sus asuntos arreglados en Londres, lo mismo que cumplir compromisos políticos con las autoridades inglesas, por tanto, no le fue posible partir con la delegación venezolana. Pese a esto, y suponiendo que la estadía en su patria será larga, envía el 29 de septiembre de 1810 con el joven Simón Bolívar a bordo de la goleta Sapphire parte de su archivo personal, 62 volúmenes de documentos[*] que recogen su largo y minucioso trabajo por la emancipación de Hispanoamérica.

  Estos son parte de los mismos “manuscritos y papeles” que en 1805 el Precursor había dejado en Londres bajo la disposición de que, de ocurrir su muerte durante aquella primera expedición, se enviaran a Caracas “en caso que el país se haga independiente o que un comercio franco abra las puertas de la Provincia a las demás naciones”; preparándose él para colaborar en esa independencia no era ya necesario dejar sus papeles testimoniales en tierras inglesas, sino que de presentársele la muerte en su tierra natal, sería está el colofón de todo el testimonio que encerraban sus atesorados “manuscritos y papeles”.

  El joven Bolívar finalmente desembarca en La Guaira 5 de diciembre de 1810 y con él llega, por primera vez a Venezuela, el Archivo de Miranda.

  El actual Archivo de Miranda se compone de 63 volúmenes, sin embargo, Miranda remitió a Caracas con Simón Bolívar 62 tomos. El Tomo 63, que vendría a ser el XIX de la sección Negociaciones, contiene documentos fechados entre abril y agosto de 1810, lo cual indica que este último fue encuadernado entre septiembre y los primeros días de octubre de ese año. Sin embargo, cabe una pregunta que solo la meticulosidad histórica podrá responder: ¿vino a Venezuela el tomo 63 (volumen XIX de Negociaciones) del archivo de Miranda antes de 1926? ¿Por qué en 1884 seguían existiendo 62 volúmenes con la exacta composición hecha por Miranda entre los manuscritos que según el Marqués de Rojas “fueron vistos en Londres” y que esperaba tener “la satisfacción de rescatarlos en breve tiempo”[1]?

Llegada de Miranda a La Guaira, 13 de diciembre de 1810, poco después se reunirá con su archivo.



jueves, 19 de enero de 2017

El archivo de Bolívar se salva “de milagro”.



Recibo por los 10 baúles del archivo de Simón Bolívar firmado por Juan Bautista Pavageau
Fuente: Archivo del Libertador, sección "Memorias del General O´Leary, tomo 20, folio 210.
 

 Tal como dejamos dicho en líneas anteriores, los papeles de Bolívar, embalados por Manuela Saenz en 10 baúles, debían seguir una ruta con destino de París llevados por el comerciante Juan Bautista Pavageau, de conformidad con la disposición del Libertador dada a éste señor el 28 de septiembre de 1830. Pero enfrentándose al inevitable hecho de la muerte, Bolívar dicta su testamento el 10 de diciembre del mismo año, para finalmente morir el día 17.

 Como señalamos en la entrada titulada “El Archivo en el testamento de Bolívar” este dispuso entre sus últimas voluntades:
“Novena_ Ordeno: que los papeles que se hallan en poder del Sr Pavageau se quemen.”

 Sus albaceas comenzaron a dar cumplimiento a las disposiciones testamentarias el 22 de diciembre, con la realización del inventario de los bienes del célebre difunto. Pero la cláusula novena no podría cumplirse de inmediato, porque el señor Pavageau ya había salido de Cartagena llevando consigo los 10 baúles con destino de Jamaica desde el 15 diciembre de 1830, tan solo cinco días después de la entrega del Testamento, y dos días antes de la muerte de Bolívar. Lo anterior se puede corroborar con lo dicho por uno de los compañeros de viaje del señor Pavageau, el general Tomas Cipriano de Mosquera, en su obra “Memoria sobre la Vida del General Simón Bolívar, Libertador de Colombia y del Perú”, cuando dice:
“El 15 de diciembre partimos de Cartagena mi hermano el Presidente, el señor Pavageau y yo, para los Estados Unidos, con la triste convicción de no volver a ver al Libertador; el señor Pavageau conducía consigo varios baúles que contenían la secretaría privada del Libertador de Colombia.”[1]

 Más aun, el mismo general Mosquera informa el nombre del barco, el puerto del que zarparon y la fecha exacta de la salida:
“El “Medina” salió de Bocachica el 16 de diciembre…” [2]

 Apenas seis días después de haber sido otorgado el Testamento, y tan solo uno antes de la muerte del libertador, los diez baúles y su depositario ya habían iniciado el viaje marítimo que sería la causa fundamental de la salvación providencial de tan valioso repositorio.

 El historiador colombiano Carlos González Rubio detalla las circunstancias que hipotética, pero lógicamente, debieron privar en los viajes de los mensajeros en esa época y las noticias que tendrían los tres viajeros (Pavageau y los dos hermanos Mosquera) sobre Bolívar y su Testamento al momento de zarpar el barco. Es a este acucioso investigador que se debe el esclarecimiento de las condiciones que se suscitaron para que los papeles de Bolívar se salvaran de la quema, pues por mucho tiempo se creyó que los referidos baúles fueron sacados de Cartagena en mayo de 1831, cuando el señor Juan de Francisco Martín y el general Daniel Florencio O´Leary partieron de esa ciudad bajo pena de destierro.

 Pero si a la providencia debemos que la carga de diez baúles saliera de Cartagena incólume, otro tanto hay que agradecer al pecado de la desobediencia, pero en este caso “practicado” en las Antillas.


Para seguir leyendoEl “bendito” pecado de la desobediencia



[1] González Rubio, Carlos: LOS BAÚLES CONFIADOS A PAVEGEU. Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, 19 de abril de 1958, Volumen XVII, Numero 54, pág. 32 a 35.

[2] Carta de Tomas Cipriano de Mosquera al diario “The Mercantile”, en González Rubio, art. cit.pág. 38.

sábado, 14 de enero de 2017

Donación de la familia Villanueva a la A.N.H.

El 13 de mayo de 1965 fue recibida por la Academia Nacional de la Historia la donación de documentos históricos, manuscritos e impresos, realizada por Matilde Villanueva y el reconocido arquitecto Carlos Raúl Villanueva. 

Esta primera donación objeto de nuestro estudio[1], pues en años siguientes se realizarían dos
Dr. Laureano Villanueva
más, tuvo la particularidad que el conjunto documental provenía de dos fuentes distintas y tuvieron dos destinos distintos: los papeles de Laureano Villanueva (1840-1912)
[2] que quedaron en el Archivo de la A.N.H., y los papeles de Carlos Antonio Villanueva (1865-1925)[3] que se depositaron en el Archivo del Libertador, y que trataremos en la entra correspondiente a ese repositorio documental.

El Dr. Laureano Villanueva fue un destacado político, escritor e historiador del siglo XIX, miembro fundador de la A.N.H. Preparaba un ambicioso proyecto historiográfico cuando murió, razón por la cual había recogido un importante caudal documental que sirviera de fuente primaria para su investigación. Conservado su archivo por más de 50 años en su familia, su hija Matilde Villanueva decide donarlos para el estudio público. 
  
Esta donación estuvo compuesta por 897 documentos, de los cuales se remitieron 116 al Archivo del Libertador, y los restantes 781 quedaron catalogados en el archivo de la Academia siendo sus fechas extremas de 1591 a 1848. Entre tales documentos se incluyen:

  • ·        Reales Cédulas (como la de creación del Consulado de Caracas del 3 de junio de 1793).
  • ·        Comunicaciones con la Capitanía General (como los relacionados con tratamientos médicos con vacunas).
  • ·        Expedientes del Consulado de Caracas.
  • ·        Expedientes de las Intendencias del Ejercito y de la Real Hacienda.
  • ·        Acciones seguidas contra Francisco Isanrdi y Miguel José Sanz.
  • ·        Papeles del Obispado y Arzobispado de Caracas sobre distintos temas.
  • ·        Etc.

Una segunda donación, más voluminosa que la anterior, tuvo lugar en mayo de 1968 con documentos del mismo Laureano Villanueva que habían quedado sin catalogar en 1965. En esta ocasión fueron 953 documentos manuscritos e impresos, 6 de ellos enviados al Archivo del Libertador, abarcando los 947 restantes fechas extremas entre 1593 y 1910, cuyas temáticas atienden a muy variados asuntos:

·        Reales Cédulas (más de 100 expedientes)
·        Documentos sobre la rebelión de Juan Francisco de León.
·        Papeles de la Capitanía General, del Consulado de Caracas, de las Intendencias de Ejercito y Real Hacienda.
·        Sucesos de la Primera y Segunda República.
·        Etc.

Para el mejor estudio de dichos documentos, la familia Villanueva costeo la publicación de sendos catálogos, uno para cada donación, preparados por el académico Dr. Blas Bruni Celli quien preparó para ambas publicaciones estudios preliminares e índices que facilitaran su consulta.

La tercera donación hecha por esta familia se efectuó el 21 de noviembre de 1968 por parte del notable arquitecto Carlos Raúl Villanueva, quien actuando como heredero de su padre el diplomático e historiador Carlos Antonio Villanueva entregó a la A.N.H. un total de 39 volúmenes encuadernados de copias de documentos obtenidos de diversas fuentes, sobre todo archivos extranjeros donde el historiador ejercía la representación diplomática de Venezuela. Se incluían en esta donación algunos de sus trabajos históricos ya terminados para la fecha de su muerte, así como algunas de sus conferencias.[4]

La “Colección Laureano Villanueva” del Archivo de la A.N.H se encuentra hoy organizada en 66 carpetas[5] ubicadas en el Archivador N° 3, Gavetas 1 al 3.



Fuentes:

  Boletín de la A.N.H Tomo XLVIII, abril-junio de 1.965, N° 190.
  Catalogo Donación Villanueva a la Academia Nacional de la Historia. Caracas 1.965.
 Perozo Briceño, Mario: El Archivo de la Academia Nacional de la Historia. N° 4. Biblioteca Venezolana de Historia. Caracas, Venezuela MCMLXVI.
  Catalogo Donación Villanueva a la Academia Nacional de la Historia (Segunda Parte), Caracas 1.968.
  Boletín de la A.N.H Tomo LI, octubre-diciembre de 1.968, N° 204.
 Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Serie Archivos y Catálogos, N° 3 Archivo de la Academia Nacional de la Historia, 1.984.




[1] El académico Dr. Mario Briceño Perozo refiere en su trabajo monográfico publicado como “Archivo de la Academia Nacional de la Historia”, 4° cuaderno de la Biblioteca Venezolana de Historia, año MCMLXVI, que en 1947 la familia Villanueva había realizado la primera donación que arrojo 781 documento en 12 legajos organizado para ese año en 40 carpetas, pero no pudiendo localizar las fuentes para ampliar estos datos, comenzamos nuestro estudio con la donación del año 1965.
[2] Autor de varios trabajos históricos, como “Vida de General Ezequiel Zamora” 1.898.
[3] Entre sus obras se cuentan “Fernando 7° y los nuevos estados” (1.912)  y “Resumen de la Historia General de América” (1.913).
[4] No se refleja en los catálogos consultados ni en la página Web de la A.N.H distinción de la ubicación de estos documentos con respecto del resto de las donaciones Villanueva. De hecho, no se mencionan como insertos en la “Colección Villanueva” ni en colección separada.
[5] La página Web de la A.N.H http://www.anhvenezuela.org.ve/colecciones/archivos-ineditos consultada el 14/01/2.017 describe esta colección conformada por 59 carpetas con fechas extremas 1.509-1.909, sin embargo, al cotejar dicha información con el catalogo publicado por dicha corporación en 1.984 y nuestra propia experiencia en 2.012-2.013 nos lleva a ofrecer estos dato.

martes, 10 de enero de 2017

El Archivo de Sucre en cuartos de trastos.

La sangre del “El Abel de Colombia”, el Gran Mariscal Antonio José de Sucre, fue esparcida en los montes de Berruecos, el 4 de junio de 1830, y al abrir su testamento el día 19 del mismo mes y año, no se encontró ninguna voluntad ni referencia a su archivo personal.

Previamente, en 1828, Sucre había remitido desde Chuquisaca gran parte de sus enseres y efectos personales, entre los que iban sus papeles. El destino de esta carga era la ciudad de Quito, donde había adquirido desde 1827 una vivienda[1], a nombre de su esposa Mariana Carcelén y Larrea, V Marquesa de Solanda y Villarrocha.

Según el historiador Rafael María de Guzmán, a dicha casa (llamada por muchos años la Casa Azul y hoy Museo Casa de Sucre) llegó en 1828 una parte del archivo del Mariscal de Ayacucho[2]. Por encontrarse dicha edificación en constantes reformas por orden del propio Sucre[3], la otra parte de sus papeles se trasladó a la hacienda de su esposa ubicada en Chisinche. En ambas estancias los papeles de Sucre se ubican en habitaciones de servicio o de colocar trastos. Es forzoso creer que la ubicación de esta documentación en tales espacios contaría con la aprobación de su propietario y que sería de forma temporal, mientras se concluyen los trabajos en la casa de Quito y puedan ser unificados en un lugar más apropiado, atendiendo a la importancia de su contenido (correspondencia personal y comunicaciones oficiales de Venezuela, Nueva Granada, Bolivia, Perú, etc.) 

Los vientos de guerra no dejaron de soplar en la vida de los libertadores, y el Mariscal Sucre debe salir el 13 de enero de 1829 con rumbo a Cuenca para enfrentar a los peruanos en la Batalla de Tarqui, de la cual regreso victorioso a Quito el 10 de marzo del mismo año. Luego de la visita del Libertador Simón Bolívar, a mediados de marzo del citado año, Sucre reinicia los trabajos de remodelación de su casa de Quito, mientras sus papeles continúan depositados en los mismos cuartos de trastos en dos residencias diferentes, a la espera de un lugar digno. En noviembre de ese año Sucre se traslada a Bogotá para evitar, junto a Bolívar, la disolución de Colombia (la grande), por tanto, le es imposible verificar la conclusión de los trabajos de su casa en Quito, los cuales el mismo proyectó a su deseo. De este viaje no regresará con vida el Gran Mariscal de Ayacucho.

Esa primera partición del archivo de Sucre será fatal para su existencia, pues la presencia de una gran cantidad trabajadores y criados en ambas estancias (la casa de Quito y la hacienda de Chisinche), aunado al descuido y desinterés de los deudos del Mariscal, originaran que se pierdan, sobre todo por robo, muchos de aquellos importantísimos papeles. El historiador Guzmán, antes citado, refiere que un empleado de la casa vendió buena parte de aquellos invaluables papeles.

Felizmente para los estudiosos de la historia, como iremos narrando a lo largo de todas las entradas de este tema (ARCHIVO DE SUCRE- Historia), buena parte de aquellos papeles perdidos se pudieron recuperar, por distintas vías y en diferentes años.

Áreas de servicio del Museo Casa de Sucre

Cuarto de arneses del.Museo Casa de Sucre



[1] Jurado Noboa, Fernando. Calles, casas y gente del Centro Histórico de Quito, tomo II, Pag.216.
[2] Boletin de la Academia Nacional de la Historia N° 50, abril-junio de 1930, reproducción de la obra de Rafael María de Guzmán Leyenda Histórica.
[3] Jurado Novoa, Ob. cit. Pag. 218.

domingo, 8 de enero de 2017

“Todos los manuscritos y papeles que llevo mencionados se enviaran a la ciudad de Caracas…”.

Sala de la casa de Miranda en Londres, donde dio su testamento de 1805.


  Con esas palabras Francisco de Miranda crea un vínculo entre su ciudad natal y sus atesorados papeles que, aunque interrumpido durante 128 años, convierten a la Sultana del Ávila en un curioso centro de estudio de la historia universal.

  Próximo a salir a darle acción a sus ideas libertarias en Hispanoamérica, el Precursor dicta su testamento el 1 de agosto de 1805 en su residencia de Londres. Consiente de “los grandes riesgos y peligros que para ello será necesario superar”, Miranda trata de dejar arreglado, entre otras cosas, el destino que tendrán su archivo y su biblioteca, sus más preciadas posesiones. Indica que deja “en la ciudad de Londres, en Inglaterra, mis papeles, correspondencias oficiales con ministros y generales de Francia en tiempos que comandé los ejércitos de dicha República; y también varios manuscritos que contienen mis viajes e investigaciones en América, Europa, Asia y África con objeto de buscar la mejor forma y plan de gobierno para el establecimiento de una sabia y juiciosa libertad civil en las colonias hispanoamericanas.” Estos papeles, más la “correspondencia y negocios con los ministros de Su Majestad Británica, desde el año de 1790…”  quedan en 30 cajas de cartón y 5 portafolios; los cuales deben ir a Caracas “en caso que el país se haga independiente o que un comercio franco abra las puertas de la Provincia a las demás naciones, pues de otro modo sería lo mismo que remitirlos a Madrid[1] que desde 1782 viene buscando la forma de destruirlos.

  No logró el Generalísimo plantar la bandera de la libertad en las colonias españolas de América durante esa expedición que duró hasta 1807, por lo que en diciembre de ese año se reúne nuevamente con sus tesoros, sin embargo, el vínculo ya está establecido y en mejores circunstancias se concretará.



TESTAMENTO DE FRANCISCO DE MIRANDA

Conoce la transcripción de este documento aquí.







[1] Archivo de Miranda, Sección Negociaciones, Tomo V; Folios 292-293.

El archivo en el testamento de Bolívar.

Primer folio del testamento de Simón Bolívar (copia simple que se ubica en el Archivo del Libertador, tomo 51, folios 141-144.)

 Luego de haber transitado por una vida llena de dificultades, en lo privado y en lo público, y con un aparente fervoroso deseo de alejarse del gobierno para dar tranquilidad a lo que queda de sus días, Bolívar se separa por primera vez de su preciado archivo, con la intención de reencontrarse con él mas tarde. En efecto, cuando el Libertador sale de Bogotá en mayo de 1830, deja en custodia de su archivo a la persona que más le conocía en lo íntimo de su pasión: la Libertadora del Libertador Manuela Sáenz (1797-1856). Esta aguerrida mujer, habiendo demostrado en 1828 de lo que era capaz de hacer por salvar la vida del Bolívar, era la más apropiada para salvaguardar los tesoros de éste; lo cual hizo con la misma vehemencia cuando el Ministro de Relaciones Exteriores de la época, Alejandro Osorio, tomó por la fuerza parte del archivo con la excusa que eran papeles oficiales, los cuales debió devolver ante el reclamo de Manuelita y la demostración clara de la falsedad del argumento[1]. Fue esta noble mujer la que embaló todo el archivo de Bolívar en 10 baúles para que su conservación fuera segura durante el largo viaje que realizarían.

 Al poco tiempo de encontrarse Bolívar en Cartagena, llega la carga de 10 baúles que trae su archivo personal y que había dejado atrás por lo apresurado de su salida de la capital de la República colombiana. La intención del Gran Héroe es salir de tierras americanas con destino a París en donde, tal vez, iniciaría a escribir sus Memorias, otro de los muchos proyectos que debían hacerse con el sosiego y la paciencia que 20 años de guerra de independencia y formación de nuevos estados no proporcionaban. Para ejecutar ese trabajo, sería imprescindible contar con su archivo, el cual le entrega en los 10 baúles ya organizado, al señor Juan Bautista Pavageau el 28 de septiembre de 1830 en Cartagena[2], con las claras instrucciones de ser trasladado a la Ciudad Luz y depositados en manos seguras hasta que su legítimo propietario los reclamase.

 Pero la enfermedad del cuerpo, y el alma, minaba la vida del Libertador de cinco naciones, ante lo cual decidió dejar arregladas las pocas cosas que quedaban como suyas en la tierra; así es que el 10 de diciembre de 1830 otorga su Testamento y últimas voluntades, siendo la cláusula novena trágica para su archivo:

“Novena_ Ordeno: que los papeles que se hallan en poder del Sr Pavageau se quemen.”[3]
Segundo folio del testamento de Simón Bolívar (copia simple que se ubica en el Archivo del Libertador, tomo 51, folios 141-144.)
 Para el cumplimiento de ésta, y todas las demás disposiciones, Bolívar designó a cuatro eminentes ciudadanos y compañeros de lucha y pensamiento: general Pedro Briceño Méndez, señor Juan de Francisco Martín, doctor José (María) Vargas y general (José) Laurencio Silva[4].

  Habiendo acompañado a su propietario durante casi dos decenios, se presenta ante el archivo de Bolívar una terrible disyuntiva: perecer con su propietario o que algún milagro lo salve y lo lleve a la posteridad.

Tercer folio del testamento de Simón Bolívar (copia simple que se ubica en el Archivo del Libertador, tomo 51, folios 141-144.)
Cuarto folio del testamento de Simón Bolívar (copia simple que se ubica en el Archivo del Libertador, tomo 51, folios 141-144.)


Para seguir leyendoEl archivo de Bolívar se salva “de milagro”



[1] González Rubio, Carlos: LOS BAÚLES CONFIADOS A PAVAGEU. Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, 19 de abril de 1958, Volumen XVII, Numero 54, pág. 32.
[2] Archivo del Libertador, Sección O´Leary Tomo 20, Folio 210.
[3] Ídem. Tomo 51, Folio 142 (copia simple)   
[4] Ídem. Folio 143.

Génesis del Archivo.

 Siendo Simón Bolívar (1783-1830) uno de los personajes más importante de la historia universal, cuya actuación pública durante apenas dos decenios (1810-1830) impactó de forma trascendental (directa e indirectamente) a todos los pueblos del continente americano, se esperaría que la producción epistolar y documental del Padre de la Patria fuera extensa no solo en cantidad sino también en temario; y hoy se puede estimar que toda esa creación emanada y/o escrita por “la cabeza de los milagros” asciende a más de 200.000 documentos. Si a esto se le agregan las cartas, oficios, poemas, memoriales y toda clase de documentos, manuscritos o impresos, dirigidos y/o relacionados con él, tenemos que el tema “Bolívar” podría abarcar varios centenares de kilómetros, tal como se mide hoy el contenido de los archivos. Todo este gran bagaje archivístico se encuentra hoy disperso en todo el mundo, desde archivos públicos y privados debidamente catalogados, hasta colecciones de particulares habidos de manera fraudulenta, e incluso con mezclas entre ambos extremos.

 Fue el mismo Bolívar quien dio inicio a la tarea de organizar su archivo personal. Se dice que este empeño del Libertador comenzó desde el inicio de la Campaña Admirable (mayo de 1813) [1], cuando actuaba bajo las órdenes del Gobierno de Nueva Granada. En el archivo debían conservarse las cartas y comunicaciones, particulares y oficiales, que se dirigían al Libertador. Pero, además, quiso Bolívar que tanto en la Secretaría como en el Estado Mayor se llevaran los cuadernos de copia de oficios, comunicaciones y disposiciones que dictaba él mismo, o los Secretarios bajo sus órdenes, para diversos destinatarios; la tradición oral refiere que el Libertador tenía la capacidad de dictar hasta tres cartas al mismo tiempo. Toda esta actividad supondría el empleo de varios secretarios particulares, edecanes y/o amanuenses, que tendrían la responsabilidad, no solo de escribir lo dictado u ordenado, sino de organizar y resguardar el archivo. Por eso hoy conocemos documentos firmados por Bolívar, pero con letra de varios de estos asistentes y ayudantes, tales como: capitán Jacinto Martel, coronel Juan José (o Nepomuceno) Santana, general Diego Ibarra, general José Gabriel Pérez, etc.

 Medio continente transitó el archivo de Simón Bolívar junto a su dueño, y a cada pasó que daban se engrosaba la cantidad de papeles que lo componían, hasta que el ciclo vital de ambos los convirtió en elementos de y para la historia. 



[1] Lecuna, Vicente. La Casa Natal del Libertador. Caracas, 1954. Pág. 55.


jueves, 5 de enero de 2017

Miranda, generador de papeles y archivero.

Al salir de Venezuela rumbo a España el 25 de enero de 1771, el joven Sebastián Francisco se acompaña de varios papeles que le eran necesarios para identificarse ante las autoridades peninsulares y lograr su objetivo de ingresar al ejército de Su Majestad. Además, a bordo de fragata sueca Príncipe Federico que lo lleva de La Guaira a Cádiz, realiza las primeras anotaciones de lo que será el primer reflejo su aventurera vida: sus diarios de viaje. Con estos papeles, sus documentos de identificación y presentación y su primer diario, Francisco de Miranda da inicio a su archivo personal, y podemos decir que se inicia también una pasión personal que hoy a derivado en Memoria del Mundo declarada por la UNESCO en 2007[1]Tres fueron los motores que llevaron a Francisco de Miranda a convertirse en un gran generador y archivador de papeles a lo largo de su azarosa vida: la lucha por la libertad, su pasión por el estudio y los constantes viajes que realizó.


Enorme cantidad de manuscritos e impresos fue acopiando El Precursor a lo largo de su vida impulsado por estos motores. En castellano, francés, griego, inglés y otros idiomas, Miranda se preocupó siempre en dejar escrito sus pareceres sobre distintos temas: la defensa de Melilla (1775), ciudades y lugares que visitaba, su acción durante la Revolución Francesa, sus gestiones para la liberación de Hispanoamérica, etc.

Sin embargo, en múltiples ocasiones Miranda debió reiniciar el acopio de diversos papeles
Bernardo de Gálvez, por Mariano Salvador Maella, 1774.
para restituir su archivo, debido a las constantes situaciones adversas en que se encontró a lo largo de su vida y en las que en casi todas se suscitaba la perdida de sus bienes.  Por ejemplo, en 1782, por una orden de detención emanada desde España por delitos de “
retención de libros prohibidos y pinturas indecentes” Bernardo de Gálvez, Capitán General de Cuba, secuestra los papeles de Miranda y decide quemar los que pudieran perjudicarle a él o a algunos allegados[2]. Bernardo del Campo, representante español en Londres, y el Secretario de Estado de España José Moñino y Redondo, Conde de Floridablanca, también urdieron planes (entre 1783 y 1785) para cercenar “mucha parte de este tesoro de papeles[3] que “según las apariencias son muy importantes[4]. En 1791 Miranda reclama a William Pitt, Primer Ministro de Inglaterra, que no retardara “de ningún modo, la entrega de mis papeles, que para mí tienen un precio muy superior al del dinero[5]; papeles que en 1792 se daban por perdidos[6].

Pese a esos y otros inconvenientes, Miranda logra mantener una muy importante cantidad de papeles (manuscritos e impresos) que a la larga formaran el Archivo que hoy es memoria del mundo.

En reconocimiento y homenaje a esa noble afición de conservar, organizar y preservar papeles, el 27 de febrero de 1974 se decretó que el 28 de marzo de cada año, coincidiendo con la fecha del natalicio del Precursor, se celebrara también el Día del Archivero en Venezuela[7].


[1] Las razones, por más obvias que son, se presentan en la página del Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, consultada el 28-06-2017: http://www.unesco.org/new/es/communication-and-information/memory-of-the-world/register/full-list-of-registered-heritage/registered-heritage-page-2/colombeia-generalissimo-francisco-de-mirandas-archives/ 
[2] Archivo de Miranda, Sección Viajes, Tomo IV, Folio 153-154.
[3] Henríquez Uzcátegui, Gloria: Los papeles de Miranda. Academia Nacional de la Historia, 1984; pág. 31
[4] Ibid.
[5] Archivo de Miranda, Sección Negociaciones, Tomo I, Folio 138 vuelto.
[6] Ibid. Folio 140 vuelto.
[7] Gaceta Oficial de la República de Venezuela, N° 30.342 del 2 de marzo de 1974, año CI, mes V.