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sábado, 30 de septiembre de 2017

Documentos: Notificación al Gobierno de Nueva Granada del fin de la Campaña Admirable.

La campaña independentista de 1813 sobre Venezuela, conocida en la historiografía como “La Campaña Admirable”, tuvo un decidido apoyo de las autoridades neogranadinas, que entendieron que el restablecimiento del gobierno realista español en el país vecino representaba una amenaza a sus intereses autonómicos. Por esta razón, desde Santa Fe de Bogotá designan a Simón Bolívar como Brigadier y le proveen de un ejército bien armado para penetrar el territorio venezolano con miras a reinstaurar el gobierno republicano perdido en 1812. Propinando consecutivas y certeras derrotas a las tropas enemigas, Bolívar logra, mediante capitulación, la rendición de las autoridades realistas de Caracas el 4 de agosto de 1813, lo cual comunica al día siguiente a Camilo Torres, entonces Presidente del Supremo Congreso de la Provincias Unidas de Nueva Granada y Encargado del Poder Ejecutivo, mediante el oficio que ahora se presenta. Este documento se localiza en el Archivo General de la Nación, fondo Archivo del Libertador, Sección O´Leary, tomo 21, folio 221 y vuelto.

"Excmo. Señor:

Por fin tengo la satisfacción de participar a V.E. la terminación de la campaña, con la ocupación de Caracas y La Guaira por nuestras tropas vencedoras, siendo mucho más satisfactoria esta noticia por el modo con que ha sucedido la entrega de aquella ciudad, sin efusión alguna de sangre, y sin los desastres que indispensablemente habría sufrido, si hubiese sido tomada por la fuerza de las armas.

Ayer 4 del corriente se me presentaron en esta Villa cinco comisionados por el Gobierno español, que oprimía a los pueblos comprendidos en el partido capitular de Caracas, para tratar conmigo sobre una transacción o capitulación que pusiese fin a la guerra; me presentaron la credencial que los autorizaba para entrar en los ajustes, y en virtud de ella los llamé a una conferencia, de la que resultó el tratado que en copia incluyo a V. E. acompañado del oficio con que fueron enviados, y del que contesté a sus comitentes.

Yo creo excusado hacer presente a V. E. las consideraciones que me movieron a adoptar esta medida, pues es bien conocida la utilidad que de ella resulta, para que pueda dudar de que será aprobada en todas sus partes. Por este medio, además de que se asegura el objeto principal de mi misión, que sólo se dirige a redimir a Venezuela de la servidumbre, conseguimos también tomar las armas y las municiones que tenían allí los enemigos, y que seguramente habrían extraído, no dejándolas otro arbitrio para salvarse que el de la fuga.

Tiene V.E. cumplida mi oferta de libertar a mi país, y tiene V.E. la prueba más clara que puedo haber dado de que no era aventurada la empresa, como pretendían algunos hacer creer a ese Gobierno.

Tan lejos estuvo de ser aventurada, que no es posible haya una campaña más feliz; durante los tres meses que he hecho la guerra en Venezuela, no he presentado acción que no haya sido ganada por nosotros, y de cada una de ellas he sacado todas las ventajas imaginables, logrando con la actividad y rapidez en las marchas, desconcertar a los enemigos, al paso que el valor de mis tropas los aterraba.

Sólo me falta para completar la obra, la plaza de Puerto Cabello, que no resistirá mucho tiempo si no se rindiere a la intimación que pienso hacerle desde Caracas, para donde parto en este instante, a poner en ejecución los tratados y organizar las cosas de manera que pueda ocurrir a donde la necesidad me llame.

Desde allí hablaré a V.E. con extensión sobre la guerra concluida, y sobre los nuevos objetos que deben ocupar nuestra atención.

Dios guarde a V.E. muchos años.
Cuartel General de La Victoria, agosto 5 de 1813.—3° y 1°

E. S.
SIMÓN BOLÍVAR.


Excmo. Señor Presidente Encargado del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión."

(Al margen dice:)

"Tunja, setiembre 24 de 1813. — Al Congreso para su conocimiento y satisfacción. (Rúbrica). — Cuevas (Rúbrica). — Tunja, setiembre 28 de 1813.

— Enterado con ella el Congreso, vuelva al Poder Ejecutivo. Por el Congreso. Camacho, Vicepresidente (Rúbrica). — Dávila (Rúbrica).— C. Valenzuela, Secretario (Rúbrica)."












sábado, 23 de septiembre de 2017

El General O´Leary trae por primera vez el Archivo del Libertador a Venezuela.

Bolívar en Curazao. Acuarela sobre papel. Autor Anónimo

Entre Nueva Granada, Jamaica y Curazao se desarrollan los principales sucesos que, descritos en entradas anteriores, devienen en la trasformación del primitivo archivo de Bolívar en el moderno Archivo del Libertador que hoy conocemos.Se hace necesario, pues, plantear el escenario que vivía Venezuela en los días previos a la muerte del Libertador, después de ello, en los primeros años de la nueva República y hasta el traslado de la “sección de O´Leary” a Caracas, con la finalidad de tener un panorama más amplio de las circunstancias que rodean la presencia, o la no presencia, de los papeles de Bolívar en este país.

  Hacia 1827 debe Bolívar regresar a la capital de Colombia (la grande) para enfrentar la anarquía que reinaba en el país, las conspiraciones palaciegas que atacaban su prestigio y dignidad y hasta la existencia misma de la República. La actitud permisiva, tolerante e incluso provocadora y protectora de tales conspiraciones por parte del vicepresidente Francisco de Paula Santander[1] en Bogotá, así como de otros más en Caracas y Quito, fueron el inicio de las disensiones que desembocaron en los movimientos separatista que en las tres secciones trabajaban por su cuenta para lograrlo. En Caracas el movimiento de La Cosiata se había iniciado desde 1826 con el General José Antonio Páez a la cabeza, que si bien fue sofocado hábilmente por el Libertador durante su visita al país en 1827, finalmente se concretó con el Congreso de Valencia de 1830, que no solo declaró la separación de Venezuela de Colombia, sino que prohibió la presencia de Bolívar en la nueva República y condicionó sus futuras relaciones con Nueva Granada a la expulsión de aquel y de sus simpatizantes de todo el territorio colombiano. ¡Si el Padre de la Patria se hallaba sin una que lo cobijara, que más podría caber a sus papeles!

  A su muerte, se desata la persecución de sus amigos antes descrita, la destrucción de su obra política y social y se inicia un proceso de desarraigar su memoria del pueblo que llega hasta impedir que sus restos mortales fueran depositados en el lugar designado en sus últimas voluntades. Será solo hasta 1842 cuando tal deseo pueda ser cumplido, dentro de un nuevo marco político que dividía y enfrentaba a los venezolanos entre Liberales y Conservadores; lucha que según algunos historiadores sirvió de piso para crear una nueva bandera ideológica que sirviera para acercar a las masas al Partido Liberal: el “culto a Bolívar”, cuya presunta autoría se le atribuye a Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884).


La “sección de O´Leary” en Venezuela.

  Atrás hemos dejado al General Daniel Florencio O´Leary realizando gestiones entre sus amigos y antiguos compañeros de armas para reunir toda clase de papeles que se hayan producido durante los años de la guerra de independencia, que una vez unidos a los que él mismo ha acopiado durante muchos años, y sobre todo los que el futuro protagonista de sus historia dejó a su muerte, le permitirán obtener suficientes datos para narrar la verdad sobre  las ideas y acciones públicas del Grande Hombre de América.

  Luego del penoso destierro de más de un año en la hospitalaria Jamaica[2] puede el General O´Leary, junto con su esposa Soledad Soublette, el resto de la familia y la voluntaria carga de documentos que ha recibido de manos del albacea Juan de Francisco Martín, volver a Venezuela en 1833; el nuevo ambiente político ha colocado a su cuñado Carlos como ministro de Guerra y Marina del Gobierno del General Páez. Este nuevo ambiente ha permitido el regreso de muchos bolivarianos, algunos de ellos grandes amigos del fiel Edecán, entre los que se cuentan: Mariano Montilla, Luis Perú de Lacroix, Justo Briceño, Fernando Bolívar, entre otros que seguramente traen o vienen a encontrarse con sus propios papeles de la época de la emancipación. Preciso es suponer que encontrándose O´Leary entre tantos actores y testigos de aquellos hechos, no perdería la ocasión de solicitarles tales papeles, originales o en copias, así como descripciones, narraciones, opiniones y toda clase de testimonios que le interesan para componer su obra, actividad a la que tal vez dedicó los primeros seis meses desde su llegada a Venenzuela, ya que pronto será empleado por el Gobierno de su patria adoptiva. La fijación de residencia del Fiel Edecán en este país se prolonga por poco más de diez años, de los cuales utilizó seis continuos para viajes diplomáticos como miembro de la Legación venezolana que zarpó para Europa el 21 de enero de 1834. Su misión lo llevó por Gran Bretaña, Francia, España, Italia y Vaticano[3].

  Al regreso de este periplo trae O´Leary consigo un regalo para Venezuela, y para los estudiosos del bolivarianismo, de incalculable valor. Durante su recorrido por España en 1835 le ha tocado encontrarse con antiguos contendientes de guerra, a quienes los años y la distancian han suavizado la heridas, físicas y sentimentales, y cuya actitud ahora, al decir del propio irlandés es “verdaderamente con el cariño de antiguos amigos y compañeros; hablan bien del país y de la gente de Sur-América y elogian al Libertador sobremanera.[4] Entre aquellos “antiguos compañeros y amigos” se encuentra el de mayor graduación y experiencia militar que al servicio del Rey combatió en Venezuela: el Mariscal de Campo, conde de Cartagena y marqués de la Puerta don Pablo Morillo, a quien Soublette y O´Leary visitan en la ciudad gallega de La Coruña, y que al enterarse del proyecto literario del segundo, decide obsequiarle una buena cantidad de papeles generados por el bando realista, y otros más que habiendo sido tomados al bando patriota durante la contienda formaban parte ahora de su archivo personal. Solo la acucia de Vicente Lecuna hubiera podido indicar cuales entre tantos documentos pertenecían a la segunda parte del obsequio de Morillo.

  Al final de aquel peregrinaje por Europa (1839), vuelve O´Leary a su hogar, al rencuentro de sus dos entrañables tesoros, cuales son su familia y su obra de escribir y compilar para la gloria de Bolívar. Tal retorno durará hasta 1844, cuando en aras de la estabilidad económica y familiar decide aceptar otro destino diplomático. Pero con firmeza podemos decir que es, pues, en Venezuela donde la “sección de O´Leary” del archivo del Libertador alcanza el mayor incremento que pudo lograr su entonces custodio.

Las palabras que escribiera durante los últimos años de estadía en Venezuela y en presencia de aquel conjunto documental, dan un esbozo más de su apostolado por demostrar la inmensidad de la obra de Bolívar:  
De los documentos que he coleccionado, los más importantes son las cartas de Bolívar y las de los diferentes Jefes y personas notables que le escribían. En estas cartas están referidos los hechos principales de la guerra y de la política. He procurado reunir el mayor número de ellas; pero desgraciadamente, a pesar de mis esfuerzos, hay muchos claros en esta correspondencia, que es sensible no poder llenar. Algunas de estas cartas parecerántriviales; pero las he conservado, porque todas ellas, cual más, cual menos, son reflejo de la época gloriosa de la guerra de Independencia.
Caracas, julio de 1840.[5]




[1] Para mayor extensión de este tema, con una clara visión crítica y ampliamente argumentada véase el libro de Laureano Gómez El Mito de Santander, Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2010, Caracas-Venezuela.
[2] Necesario es razonar sobre las penurias que acompañan siempre al destierro de un hombre, y como habrían estas de multiplicarse cuando el destierro es compartido por la familia, para entender porque el noble irlandés referiría las siguientes palabras: “El día 4 salimos de Jamaica maldita.” Rumazo González, Alfonzo: Daniel Florencio O´Leary Edecán del Libertador. Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas, 2008. Pág. 240.
[3] La bibliografía más detalla sobre los motivos, actividades y resultados de estas misiones diplomáticas del irlandés es la obra de Monseñor Nicolás E. Navarro: Actividades Diplomáticas del General Daniel Florencio O´Leary en Europa. Caracas, 1939. 
[4] Rumazo González…, Óp. Cit. Pág. 257. 
[5] O´Leary, Daniel Florencio. Memorias del General Daniel Florencio O´Leary. Narración Tomo Primero. Prólogo de Mons. Nicolás E. Navarro. Imprenta Nacional, Caracas-1952, pág. 4.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El libro manuscrito de la Visita del Obispo Martí en la Biblioteca Nacional.


 Una auténtica joya, dentro de un enorme tesoro documental, es el libro manuscrito del que ahora nos ocupamos y que describe la Visita Pastoral que realizara durante más de 12 años el Obispo de Caracas y Venezuela, Monseñor Mariano Martí, entre 1771 y 1784. Si bien este voluminoso manuscrito no se encuentra en su “hábitat natural” (el cual debe ser el Archivo Arquidiocesano de Caracas), encontró hace más de 140 años, por razones bien curiosas, cobijo y atenciones en la Biblioteca Nacional Venezuela. Es casi un milagro que podamos contar hoy con este singular libro como parte del patrimonio documental venezolano.

 Monseñor Mariano Martí (1720-1792) ocupó la silla episcopal de Caracas durante 22 años (desde 1770 hasta su muerte), periodo en que ejecutó la singular proeza de trasladarse por el vastísimo territorio que comprendía su Diócesis para realizar aquella Visita Pastoral dentro de una geografía diversa desde todo punto de vista, reducida demográficamente y con los rudimentarios métodos propios del siglo XVIII que son tan difíciles de comprender en nuestro siglo 3.0. Cumpliendo con las legislaciones eclesiásticas y civiles vigentes en esa época (normadas las primeras desde 1563 en el Concilio de Trento y las segundas por Felipe II en 1577), no fue el Obispo Martí un pionero en estos itinerantes desvelos de las Visitas Pastorales, ya que de las más antiguas que se tienen noticias se cuentan las de Santo Toribio de Magrovejo en el Arzobispado de Lima (finales del siglo XVI),  Juan de Santiago y León Garavito en el Arzobispado de Guadalajara (realizada entre 1681-1687) e incluso la del Obispo Gonzalo de Angulo que fue la primera realizada en las diócesis de Caracas (entre 1632-1633);  sin embargo, puede afirmarse, como ya lo han hecho varios historiadores especialistas en el tema eclesial[1], que el recorrido pastoral del Obispo Martí supera con amplitud los ya anotados y otras muchos más en lo tocante a la cantidad de registros escritos que se produjeron relacionados directamente con la Visita, muchos de los cuales han llegado a nuestros días como prueba de su acción de pastoreo espiritual en su jurisdicción. Fueron estos una gran cantidad de papeles meticulosamente anotados y llevados al día durante el recorrido pastoral, y otros tantos más que se arreglaron al finalizar los 12.300 Km. que recorrió el Obispo Martí en el transcurso de los 12 años, 3 meses y 22 días que ocupó para visitar 12 ciudades, 9 villas, 190 pueblos, 94 sitios o caseríos; de los que dejó un censo de 341.138 almas, 55.029 familias en 50.464 casas; e inspeccionó 178 iglesias parroquiales, 32 sufragáneas, 17 filiales, 69 capillas u oratorios públicos y 40 particulares; así como 16 conventos (13 de hombres y 3 de mujeres), 4 hospicios y 14 hospitales.

 Todos esos datos quedaron compulsados en 15 libros manuscritos, además de un grueso conjunto de documentos sueltos, ordenados así:

          I.            El Libro Personal o Secreto: que llevó y escribió el propio Obispo Martí durante toda la Visita (un tomo de 994 páginas). Se guarda en el Archivo Arzobispal de Caracas (en adelante A.C.C.) y fue publicado por la Academia Nacional de la Historia (en adelante A.N.H.) en 1969[2].
       II.            Los Libros de Inventarios: cinco volúmenes que en total reúnen 2.148 páginas con letra bien apretada[3] detallando los bienes de los edificios eclesiales. Guardados en el A.A.C. y publicado en el mismo conjunto que el anterior por la A.N.H.
    III.             Libros de Providencias o Copiadores: dos tomos que contienen en 1.596 páginas las copias de Decretos, Providencias, Actas y Disposiciones que ordenó Martí durante la Visita. Se guardan en el A.A.C y también fueron publicados por la A.N.H.
   IV.            Libro Compendio: un tomo de 848 páginas manuscritas considerado por algunos como el libro de estadísticas; lleva al final 21 cuadros-resúmenes. Publicado en el mismo conjunto de los anteriores.
      V.            Libro Resumen de la Visita: lamentablemente perdido, este manuscrito contenía, según Caracciolo Parra León que lo describió en 1928[4], 33 cuadros resúmenes de las Vicarías de la Diócesis.
   VI.            Borradores de la Visita: junto a las notas y apuntes sueltos sobre las actividades del examen de Martí a su Diócesis, existe un tomo manuscrito de 288 páginas marcado con el número 171 de la sección “Documentos Episcopales”. Nunca ha sido publicado.
VII.             Relación y Testimonio integro de la Visita General: nombre reducido del muy largo texto con que se titula este libro, del que se hicieron tres ejemplares, en los cuales se plasmó el informe final de todo lo obrado en el trascurso del recorrido pastoral. Muy lamentable es el que también se haya perdido el ejemplar que se conservó desde la época del Obispo Martí en el Archivo Arquidiocesano de Caracas, después de 1928 en que lo editó Caracciolo Parra León[5]. Los otros dos ejemplares fueron remitidos a España[6].

 El décimo quinto libro en que se anotaron los detalles de la inspección pastoral de casi 13
años es el llamado Borrador de la Visita, volumen que hoy se conserva en la Biblioteca Nacional, habiendo salido del palacio Arzobispal de Caracas por petición del Gobierno venezolano mediante la solicitud que se transcribe:










“Estados Unidos de Venezuela- Ministerio de Fomento-Dirección general de Estadística- Caracas, febrero 13 de 1871- 8° y 13°.
  Ilustrísimo Señor Gobernador del Arzobispado de Caracas y Venezuela.
  Interesado el Gobierno en recuperar todos los datos y noticias de la estadística de Venezuela anteriores al año que cursa, para las comparaciones y deducciones indispensables respecto a los elementos de la vida de la República, suplica a Su Señoría se sirva ordenar que se proporcione a este Ministerio la Visita de Su Señoría el Obispo Martí, para obtener la copia de él, asegurando a Su Ilustrísima que tan luego esté concluida será devuelto el original al archivo de esa arquidiócesis.
  El infrascrito se promete de Su Señoría que será satisfecho el justo y muy laudable deseo del Gobierno.
      Dios y Federacion.
                         (firmado Martín J. Sanabria).[7]
  
 No se cumplió la promesa del ministro Sanabria, y desconocido hasta la fecha cuando llegó, para 1894 era ya de vieja data la presencia del grueso manuscrito en los anaqueles de la Biblioteca Nacional, según lo refiere el historiador Manuel Landaeta Rosales en un artículo publicado en el Diario de Caracas el 23 de octubre de dicho año[8].

 Se forma este voluminoso tomo de:
·        3 folios en blanco sin numerar
·        1 folio sin numerar, con el título de la obra que es el mismo muy extenso de la Relación descrita en el ítem VII de la lista anterior. 
·        4 folios con el índice, también sin numerar
·        686 folios (1372 páginas) numerados, con el contenido de la obra, que es el mismo de la Relación y Testimonio integro de la Visita General descrito en el ítem n° VII; pero que, por algunas líneas y páginas enteras tachadas, así como por las anotaciones con correcciones y adiciones al margen y dentro de la escritura, que luego se plasmaron en los ejemplares remitidos a España (y que Parra León detalló que también se encontraban en el original perdido del Archivo Arzobispal), hace presumir que éste de la Biblioteca Nacional sea el primer borrador que se hizo de dicho informe.
·        4 folios sin numerar que contienen una copia de la Real Cedula de 22 de marzo de 1788 y un Auto del Obispo Martí del 23 de mayo del mismo año
·        1 folio en blanco no numerado colocado como guarda final.

 Este manuscrito, considerando siempre que es un borrador y no una copia autentica, encierra muchas particularidades, ya que en sus líneas se recogen algunos datos y detalles que no se plasmaron en los tres ejemplares del informe final, por ejemplo, la descripción de cuando se terminaron de escribir y en que forma fueron enviadas a España las dos copias que se sacaron del original del Arzobispado.

Está encuadernado en tapas de pergamino y escrito sobre hojas blancas y lustrosas del llamado papel español de florete, con una fina caligrafía todavía legible pese a sus casi 240 años de trascripción. La tinta ferrogálica que se usó no fue, sin embargo, tan generosa con el papel y lo corroyó en algunos puntos; afortunadamente las modernas técnicas de restauración que durante años le han sido aplicadas por el Centro Nacional de Preservación Documental que funciona en los propios espacios de la Biblioteca Nacional, ha detenido la degradación natural.

 Desde 1894 se venía llamando la atención sobre la importancia de esta joya documental que gurda la Biblioteca Nacional, siendo el primero en hacerlo, como queda dicho, el general Manuel Landaeta Rosales; y por lo menos en una ocasión[9] se sacó copia de él con la intención de darlo a la imprenta: en 1913 bajo los auspicios del Dr. Felipe Guevara Rojas, entonces Ministro de Instrucción Pública. En 1928 el erudito Caracciolo Parra León consideró que “este borrador fue el inmediatamente anterior a la escritura del ejemplar autentico (repetimos, perdido luego de ese año) y porque tuvo suficiente capacidad en los márgenes para que las correcciones, intercalaciones y adiciones resultasen clara y legibles, merece grande estimación, y el Obispo resolvió completarlo, agregándole copias de todos los documentos y diligencias concernientes, quizá para que si el original se perdía (como en efecto sucedió), quedase, en cambio, su borrador, que aunque no tan perfecto ni completo, podía guardar al menos buena constancia de los datos obtenidos a costa de tantos y tan grandes sacrificios”[10].

 La singularidad y unicidad de este documento lo convierte en un objeto peculiar de alto valor, y a veces de alto precio, como sucedió en el año 1911 cuando la Biblioteca Nacional cambiaba de sede. Según relata Manuel Segundo Sánchez[11], entonces Sub-director de la Biblioteca, al ser desocupado el edificio ubicado frente a la plaza Bolívar de Caracas y mientras concluían la nueva sede, los libros y estanterías fueron depositados en la Casa de Correos en el más completo desorden, pero esto no fue impedimento para que al instante se echara de menos el preciado manuscrito de la Visita Pastoral del Obispo Martí, aunque no se le dio por perdió de inmediato. Mientras se seguía a la espera del nuevo edificio para la Biblioteca, Sánchez fue informado por el célebre historiador bolivariano y coleccionista documental Vicente Lecuna que en su poder se encontraba, por compra realizada a un librero de la ciudad, un raro manuscrito inédito de la época del Obispo Martí, el cual resulto ser el libro de la Visita Pastoral que desde muchos años reposaba en la Biblioteca, el cual fue inmediatamente devuelto a sus anaqueles.

 La suerte parece haber seguido al peculiar manuscrito, suerte que también tenemos los venezolanos de hoy de poder tener y apreciar tan prodigioso documento que enriquece nuestro patrimonio cultural.








[1] Suriá, Jaime; El Eximio prelado Mariano Martí Obispo de Caracas y Venezuela. Caracas, 1962. Imprenta, Juan Bravo, 3-Madrid, pág. 31.
[2] Forma parte de la serie Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela. Para la fecha de la primera edición (se reeditó en 1988 y 1998) se encontraba ya en muy deteriorado.
[3] Sariá, Jaime; obra citada pág. 36.
[4] Parra León, Caracciolo: Relación de la Visita General que en la Diócesis de Caracas y Venezuela hizo el Illmo. Sr. Dr. D. Mariano Martí del Consejo de su Majestad. 1771-1784. Tomo I. Caracas, Editorial Sur-Americana, 1928; pág. XLVI
[5] Es la publicación descrita en la nota anterior.
[6] Estas dos copias de la Relación se enviaron: una dirigida al Consejo de indias y que hoy se conserva en el Archivo General de Indias, Sección Audiencia de Caracas, legajo 959; y el segundo enviado al Rey por medio del ministro Gálvez y que por curioso destino regresó a Venezuela en 1957. Se hará descripción de este hecho en una entrada de este Blog.
[7] Tomado del artículo de Manuel Segundo Sánchez “El Libro Manuscrito del Obispo Martí” en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Tomo XI, Abril-Junio de 1928, N° 42, Caracas-Venezuela; págs. 159-160.
[8] Edición N° 335.
[9] Se desconoce si en 1871 se ejecutó el cometido por el cual se sacó este documento del Archivo Arquidiocesano de Caracas, que era, precisamente, copiarlo.
[10] Parra León; obra citada, pág. XLV.
[11] Artículo citado, página 156.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Documentos: Oficio por el cual se anuncia a Francisco de Miranda su designación como Mariscal de Campo.

Archivo de Miranda (Colombeia), Sección Revolución Francesa, Tomo I, Folio 65.


Transcripción
Paris le 1er. 7bre. 1792. L'an 4 de la Liberté et le 1er de L'égalité.

Vous avés obtenu, Monsieur le Grade de Maréchal de Camp employé et j'aurai l'honneur de vous en envoyer incéssamment le brevet avec une lettre qui vous indiquera la ma­niere dont vous serés employé.

Le Ministre de la Guerre
J. Servan.

M. Miranda.


Traducción
"París, 1° de septiembre de 1792. Año 4o de la Libertad y 1° de la Igualdad.

Usted ha obtenido, Señor, el grado de Mariscal de Campo remunerado y tendré el honor de enviarle enseguida la patente con una carta que indicará a usted las funciones que deberá desempeñar.

El Ministro de la Guerra
J. Servan


Señor Miranda"

Contexto

Copiamos de seguida una descripción del contexto en el que se emite este documento tomándolo de la pagina web "Miranda. Aventurero de la Libertad", cuya dirección URL es http://www.franciscodemiranda.info/es/biografia/francia.htm 

"Persuadido de que Inglaterra no tiene interés en apoyar la independencia de la América hispana, Miranda decide viajar a Francia; las informaciones que ha recibido sobre el proceso revolucionario francés le han hecho pensar que, quizás, ese país pueda brindarle la ayuda que busca. A pesar de que sus cálculos en este sentido no carecen de fundamento (la posibilidad de exportar la revolución a la América hispana habría sido evocada en Londres en conversaciones privadas con altos personeros del mundo político francés, su acercamiento a los franceses le será casi fatal desde el punto de vista personal.

 Llegado a París en marzo de 1792, el sudamericano encuentra en la capital francesa una situación poco menos que caótica. En los tres años que han transcurrido desde su primera visita en 1789, las ambigüedades y tensiones políticas, económicas y sociales que alimentan el proceso revolucionario no han hecho sino incrementarse. Según el modelo de monarquía constitucional instaurado en la recién adoptada Constitución de 1791, el poder está formalmente compartido entre el rey Luis XVI y la Asamblea Legislativa, pero entre éstos existe un clima de desconfianza mutua que es sólo reforzado por diferencias recurrentes de interpretación en cuanto a las atribuciones de cada cual.

Al mismo tiempo, la escasez e inflación rampantes hacen cada vez más difícil la cohabitación entre la nobleza, que observa con horror cómo desaparece su influencia, y el pueblo en general, que sufre grandes penurias y mira con resentimiento la manutención de privilegios que parecen no tener ya ningún sentido en la era de la libertad, la igualdad y la fraternidad. La confusión reinante y la pérdida creciente de prestigio de Luis XVI, como soberano, y de la Asamblea, como órgano de gobierno, da a su vez preeminencia a una variedad de actores políticos que individualmente tienen actuaciones determinantes en la marcha, siempre caótica, de los acontecimientos. Hombres como Brissot, Pétion, Robespierre, Marat, Dantón y muchos otros son y serán aclamados según sus posturas públicas, sinceras o no, en función de la coyuntura.

 Todo esto es seguido con suma preocupación por las casas reales europeas, cuyas intenciones son a su vez escrutadas con desconfianza por los revolucionarios franceses. En agosto de 1791, la Declaración de Pillnitz -en la que el Rey de Prusia y el Emperador de Austria (Leopoldo II, hermano de la reina María Antonieta) expresaban estar dispuestos a hacer la guerra a Francia en caso de que no se respetasen los derechos de Luis XVI- había sido interpretada por la Asamblea Legislativa como una seria amenaza de guerra por parte de Austria. Si bien su intención había sido la de apuntalar políticamente la endeble monarquía francesa, ella sirvió sobre todo para que algunos parlamentarios radicales que deseaban exportar la revolución al resto del continente se declararan a favor de la guerra, con lo cual esta posibilidad pasó a formar parte del debate público.

 Este debate está en su apogeo durante los primeros meses de la estadía de Miranda en París. En un principio, su intención es sólo la de sondear un posible apoyo francés a la independencia de Hispanoamérica y también ayudar a su amigo y benefactor londinense, John Turnbull, en el cobro de un monto que le adeuda la Alcaldía de París. Mas, a apenas un mes de su llegada, la Asamblea Legislativa vota, con el visto bueno de Luis XVI, la declaración de guerra a Austria, el 20 de abril de 1792.

 No se conocen  indicios de que Miranda haya personalmente ofrecido sus servicios militares a la causa de la Revolución; por el contrario, él mismo dirá que, después de visitar París y, como de costumbre, recorrer hospitales, cárceles, bibliotecas, estaba listo para regresar a Inglaterra a inicios de agosto de 1792. En tres meses de estadía se ha forjado buenos contactos con la muy influyente facción de los girondinos, dentro de la cual se ha granjeado el aprecio de Jerome Pétion de Villeneuve, Alcalde de París, y de Jacques de Brissot, editorialista, diputado y uno de los principales partidarios de la guerra. También ha hecho amistad con Charles François Dumouriez, Ministro de Relaciones Exteriores. Militar de formación, Dumouriez será luego Ministro de la Guerra y, subsecuentemente, comandante de los ejércitos del Norte y del Centro; será él quien dirija los principales esfuerzos militares franceses entre 1792 y 1793.

 En julio siguiente, mientras Dumouriez organiza su ejército, las primeras tropas prusianas se preparan a penetrar en territorio francés bajo el mando del duque de Brunswick. El 25 de ese mes, influenciado por los nobles franceses exiliados que le acompañan, Brunswick permite la publicación de un manifiesto en el cual afirma su intención de reinstalar la monarquía absolutista en Francia y condenar a muerte a quienquiera se le oponga. En lugar de tener el efecto disuasivo deseado, la proclama enardece aún más a los revolucionarios y es causa indirecta de uno de los hechos decisivos de la Revolución, el asalto al Palacio de las Tullerías, último lugar de habitación de Luis XVI como monarca, el 10 de agosto de 1792; el Rey y su familia son apresados en calidad de rehenes.

 Al día siguiente, se convoca a la elección de una Convención Nacional que decidirá sobre la forma futura del gobierno. Ese mismo día 11 de agosto, Miranda recibe formalmente la invitación del alcalde Pétion para ingresar al ejército de Francia con un grado superior. Apreciando sin duda la importancia del ofrecimiento, Miranda negocia hábilmente con Pétion y le presenta tres condiciones que para él son fundamentales. La primera está ligada a su condición de extranjero: quiere que sea explicitado que su ingreso al ejército revolucionario obedece a una invitación del gobierno y no a una insinuación suya. La segunda: desea combatir bajo las órdenes directas del general Dumouriez. La tercera: en el futuro, Francia dará su protección a las colonias españolas de América y le apoyará en su debido momento para lograr la independencia de éstas.

 Miranda recibe respuestas satisfactorias sobre los dos primeros puntos y lo que parece ser un acuerdo tácito sobre el tercero. El 19 de agosto las tropas de Brunswick penetran territorio francés, y el 24 Miranda recibe información de que será nombrado mariscal de campo (general de brigada en la nomenclatura de hoy) a las órdenes de Dumouriez.

 El 1 de septiembre el nombramiento se hace oficial. Cinco días más tarde el novicio mariscal de campo parte camino al frente. Ya para entonces ha escrito a sus amigos en Londres explicando su decisión de servir a los revolucionarios franceses; la mayor parte de ellos condena su gesto."